jueves, 29 de julio de 2010

El que por su gusto muere, aunque lo entierren parado

POR Karini Apodaca

Hasta hace un par de años iba por la vida con una idea hippie sobre la belleza de los años que se acumulan. Pensaba en el lema de “madurar con dignidad”, hasta que alguien me presentó con Mr. Botox.

Acababa de pasar por quirófano para hacerme una muy anhelada cirugía de boobis y que, dicho sea de paso, se aprovecho para darle un shining a mi nariz. “Hasta aquí me quedo”, pensé. Así que de mala gana acudí a mi cita con el médico cosmetólogo para ver eso del tan mentado botox. Cuándo miré al espejo, como el gesto cansado había desaparecido de mi cara, me volví una fiel adoradora del botox y de mi cosmetólogo.

Las ojeras se fueron con unos pequeños piquetes, después de pasar una juventud en la cual no me había acercado ni medianamente a mi ideal de belleza. Por fin, casi a los 40 años, conseguí verme como siempre quise. Mi relación con el cosmeatra se volvió intensa. Él, alucinado porque no decía ni ay en cada pinchazo y yo dispuesta a demostrar mi temple para aguantar cuanta cosa deseará él hacer con mi cuerpecito; la perversión común que puede darse entre el creador y su obra la viví en carne propia en un trato que no salía de lo profesional y, sin embargo, con tantas palabras sustituidas con pinchazos, láser pulsado, botox y todo un mundo de aparatos para llegar al límite.

Sé que para muchos, esto es una frivolidad. Así pensaba yo hasta que probé las delicias de esas sesiones de pinchazos. Hubo un día en que recibí 95 piquetes para afinar ciertas áreas. Era toda una relación sadomasoquista que ambos gozábamos plenamente. Aunque la sesión era un día por semana, tenía el resto de la semana para quitar moretones e hinchazones, pero era algo que no se me daba la gana parar, el ansía loca por ver que pasaría en la siguiente cita era el todo que hacía llevaderos los días. Cuánto él sugería, yo cuál esclava clínica gritaba “Sí” dame más. Fluidos entrando a mi cuerpo, transformándolo, haciéndolo sentir vivo… Y después de probarlo todo, llegó el día en que ambos supimos que sería el último; ya no había nada más por hacer. “Fuimos demasiado ambiciosos”, dice Peter Coyote en Luna amarga.

Tal vez es crudo, pero la belleza cuesta y cuesta un buen. Esta belleza que hoy nos exige tanto es sólo para estar dentro de los parámetros de la imagen del éxito; como reza el dicho: “sólo hay mujeres bellas o pobres”. Y no es por nada, pero acabo de ver una película con Salma Hayek y vaya que le hizo bien su matrimonio con el millonario, se ve como nunca se vio. Aclaro, no somos sólo mujeres las que invertimos en ella: la sala de Mr. Botox estaba llena de hombres también.

En fin, la vida sigue, y el mundo no cambiará el ritmo acelerado que lleva. Nos guste o no la realidad se impone y ahora busco al next para mis tan intensas sesioncitas.

Ilustración de: Alexia Sinclair

lunes, 19 de julio de 2010

Con el corazón apachurrado


Por algunos años encontré un placentero consuelo en nadar, el zumbido que aísla tus oídos del ruido a tu alrededor, sentir lo frio del agua presionando tu cuerpo, perderte en tu respiración y pensamientos mientras miras las burbujas que brotan de cada brazada, fue por un tiempo el sitio que más seguridad me brindó.

Hoy Nicolás ha regresado a Guadalajara, después de estar conmigo por casi quince días, y si bien lo reconozco, es difícil seguirle el paso con sus mil preguntas por minuto, llenó mis días de un calor que hace tiempo no me permitía experimentar. Juntos íbamos de compras y era agradable escuchar una voz sugiriendo alguna descabellada solución a un mal menor. Aunque inquietante y preciso para en el momento más complicado exigir mi atención, lograba hacer que cualquier momento de exasperación pasará al olvido con su constante intención de echarte la mano, por más que se le explicara que no era muy buena idea que lo hiciera.

Desde muy pequeño Nicolás ha tenido talento para observar y poder expresarse en temas que entre que es niño y es varón, no esperaba encontrar en él esta característica. Cuándo hablé con su hermano mayor y él sobre la separación de sus padres, Nicolás me solicitó cita de cinco minutos para preguntarme sobre el enojo que había en mi corazón.

Ha sido doloroso regresar a casa ahora que ya no está, encontrarme con la plastilina que ha dejado en algún rincón, retomar actividades sabiendo que faltan muchos días para volver a disfrutarlo nuevamente.

Hoy solo deseo hundirme una vez más en un gran tanque de agua, sentir mi cuerpo presionado, mi respiración limitada y olvidar que no todas las mujeres podemos ser madres convencionales.

domingo, 18 de julio de 2010

De lo perdido, lo que parezca

Por Karini Apodaca

Hace muchos años, en la sala de espera de un cine vi una pareja madura, él la veía con tal intensidad que parecía que ahí mismo en medio de todo ese tumulto le hacía el amor, y ella coqueta se dejaba acariciar con la mirada y lo animaba con una deliciosa sonrisa. En ése momento supe que yo no podría tener una relación como la de mis padres, que lo mío era sentir la visera caliente y la promesa que hay detrás de lo que nunca se habla.

¿Porqué las relaciones estables tienden a degradarse? Creo que es algo que a todos nos sucede. Conocemos al príncipe de nuestros sueños, vivimos la agonía de la espera de un mensaje, una cita, un beso. Pero conforme transcurre la historia tarde que temprano y parece ser, que cada vez más temprano, todos llegamos a ese lugar común de la inconformidad.

A veces creo que las mujeres fuimos maldecidas a ser inconformes perenemente, a mi me sucede que puedo estar deseando enormemente algo y en el momento en que lo recibo, lejos de experimentar felicidad, siento una enorme desolación porque tuve que pedirlo y no me fue dado de forma espontanea. Suelo vivir anhelando todo lo que no he vivido y creo no ser la única.

La mayoría de las historias que conozco giran así, al principio ambos se morían por un poco de atención y al final, ninguno de los dos sabe como confesar que lo único que anhelan es volver a estar solos. A veces pienso que es la confianza que se brinda con el cariño, la que termina por acabar con el arrebato pasional del que somos adictos. Si antes era impensable el hecho de que te viera tu Romeo sin el outfit básico, al cabo de unos meses no solo se acaba el deseo de lucir impecable, se acaba el juego de seducción en la pareja y todo termina perdido en una mezcla extraña de cariño y aburrimiento.

Las bromas que antes celebrábamos a carcajada abierta, ahora se nos vuelven sosas, las horas juntos dejan de ser excitantes y se tornan someras, cualquier comentario o acción nos molesta. Y toda esa alegría se transforma en un constante rumiar de lo que un día fue, no será.

Es triste ver caer el velo y que el príncipe se convirtió en sapo, que la princesa tiene mal genio y es un manojo de frustraciones ambulante. Y sin embargo, es en este momento donde también te das cuenta que es cuando realmente amas a ésa imperfecta persona a tu lado. Que sus defectos son ahora como pequeñas abolladuras a las que les guardas cariño.

Que la decisión más difícil no fue al principio sino ahora, donde tendrás que elegir entre la intensidad de la seducción de lo desconocido y la tranquilidad de andar barrancas que ya conoces. 

viernes, 9 de julio de 2010

No es orégano todo el monte


De viaje en viaje a Guadalajara, mi madre tiene a bien ponerme al día apenas llegando. Hace algún tiempo ya, me preguntó sobre la posibilidad de que una amiga suya bajará inyectándose L-carnitina.

Como algunos saben la L-carnitina ayuda a quemar la grasa sólo si se hace ejercicio, al día de hoy no conozco una sola forma de bajar de peso sin usar la relación ingesta igual a consumo.

Fanática de los asuntos de la estética le pregunté más sobre su amiga, de un plomazo me enteré que tenía un sobrepeso, por decirlo de forma cariñosa, ya que la amiguita en cuestión entraba ya en la tipificación de obesidad clase tres. Pero el drama más mayor de la mujer era que no podía dejar de llevarse alimentos a la boca por que sufría de una celopatía mayor.

¡Sopas!, pensé, otra más del club.

En el siguiente viaje me enteré que el problema de la amiga materna iba en aumento, su marido había sido despedido y ahora ella llevaba todos los gastos encima, y esto era lo de menos. Lo grave era que, ahora desempleado, en un acto de extrema estupidez del tipo culposo, el susodicho marido había confesado sus mas viles fechorías donde aceptaba, con firma de declaración y todo, ser culpable y de haber sucumbido a sus más bajas pasiones. Cómo era de esperarse tal confesión hundió a la frágil ánima amiga de mi ama, en una depresión que la llevó a comer más.

La realidad que ante estas experiencias nunca se sabe como reaccionar, una puede tener muy claro que se hará, antes de que sucedan las cosas, pero una vez frente a ellas a una se le olvida hasta el nombre. Si lo sabré yo que cuento hasta con triple doctorado en asuntos de posesividad.

Una mañana mi Mariana hermana, llama contenta, por fin había acudido a su primera terapia y se sentía fenomenal. Me dio gusto escucharla hablar de lo importante de respetarse a ella misma, de no ceder para darle gusto a nadie, en pocas palabras Mariana ya no era Mariana.

Casi todos los días mi hermana emocionada me platicaba de sus avances, gracias al trabajo hecho con su psicóloga, un panorama hermoso se veía.

Al regreso a Guadalajara, platicábamos Mariana y yo sobre su terapia, cuando el teléfono de la casa sonó, Mariana contestó y después de una breve charla pasó la llamada a mi amada madre. Y es ahí cuando me explica Mariana que su psicóloga es amiga de mi mamá. 

Imaginan bien, la psicóloga es la misma atribulada amiga. No cabe duda que para dar consejos y arreglar vidas ajenas a todos se nos da rebien.