lunes, 27 de septiembre de 2010

En tierra de ciegos el tuerto es el rey

Por Karini Apodaca

Con una luna llena sobre mi cabeza y una hermosa Roma iluminada a mis pies me encontré a mimisma gozando y nadando como pez en el agua en esa mini babilonia que existió en este congreso internacional de aerosolistas.

Hasta este momento todo había sido una carrera imparable, problemas con las reservaciones del vuelo, el angustiado espacio en los asientos de los vuelos internacionales. La maravilla de encontrar en el aeropuerto de Frankfort, y en todos los que existen en Europa, cabinas para fumadores, admirar las ruinas del imperio romano y gozar la vida cotidiana de esa hermosa ciudad.

Hace año y medio como pasatiempo estudié un poco de italiano y en esta ocasión me ayudó bastante para moverme en un lugar donde la mayoría de los habitantes se niega a entender otro idioma que no sea el suyo. Reconozco que me fue más fácil entenderlo que hablarlo, pero lejos de ser un problema, mis intentos generaron empatía en los que orgullosamente portan el gentilicio de romanos.
Mi jefe, que es estadounidense al igual que sus jefes, quienes también terminaron asignándome como intérprete oficial, cosa que disfruté al máximo porque me dio la oportunidad de conocer una ciudad no como turista; conocí Roma en su cotidianidad y me permitió gozar algo más grande que sus bellezas históricas: sus habitantes.

Mi primer intento por tener una conversación más allá del buenos días y gracias fue cuando caminé del museo del Vaticano al Coliseo, vi a un hombre leyendo plácidamente su periódico y, después de pensar bien la pregunta y el acento, me acerqué y en italiano le pregunté para dónde estaba el Coliseo. Ja ja ja, la vida nos juega buenas bromas: el hombre era sordomudo y por señas me indicó el camino.

Terminé siendo amiga de la chica que atendía la tienda del hotel, porque era yo quien hacia las compras de tiempo para celular, también admiré el estilo de buon vivant que protegen a como dé lugar; fue tremendo llegar al mercado y encontrarme con que desde el sábado por la tarde hasta el lunes permanece cerrado. Observé cómo las compras se hacen al día, nadie lo hace en demasía; al salir del trabajo suelen hacer la compra para la cena.

No quiero hacer de este post una guía de turistas, pero sí deseo externar que la mejor forma de conocer un lugar es sumergirse en su vida cotidiana, los monumentos puedes apreciarlos en fotografía, las emociones y pensamientos sólo de persona a persona.

Creo que lo que hace la diferencia entre el primer mundo y nosotros es la tolerancia y el respeto. En el aeropuerto de la Ciudad de México no existe ni una consideración para los que fumamos. En Europa hay una gran cultura de respeto. Sí, yo no atrofio tus pulmones con mi hábito, pero tú me concedes un espacio exclusivo en el cual me estas respetando; jamás ese método facistoide que están tomando los políticos en México será un camino al primer mundo; la solución no es prohibir es tolerar y respetar.

Hay toda una cultura en torno al tabaco que no podemos negar, negarla solo hablaría de nuestra ignorancia. Y si este argumento no es bueno, al día de hoy no conozco una sola persona que haya sido víctima porque un conductor con exceso de nicotina en la sangre decidió manejar.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Porque puedo Soy

POR Karini Apodaca

De pronto me vi envuelta en una avalancha de trabajos por terminar, mi errada idea de avisar a mis clientes que salía de viaje de trabajo a Roma, lejos de ser un plus terminó en dos semanas de arduo trabajo, tal vez creyeron que me voy para no volver y hacen bien, una nunca sabe hasta dónde puede ser una tan una y si, quedarse allá.

Además de sentir la responsabilidad de dejar el trabajo adelantado para evitar percances, me vi en la urgencia de comprar algunas piezas para incrementar mi guardarropa, no quiero dar el huarachazo pero el viejo continente impone.

Así que rápida y presta voy de compras dónde mi ansiedad ha tomado proporciones desmedidas, porque resulta que además del viaje en puertas está mi cumpleaños número 40 y el numerito también asusta.

Me encuentro en una etapa de mi vida dónde sé que hay algunos cambios que hacer, pero sin patrón a seguir. Quiero cambiar mi forma de vestir, no quiero verme un día disfrazada de adolescente. El look de gato con botas he decidido abortarlo para siempre, después de probarme uno de los sacos estilo militar, que trae muy en boga zara, y con espanto mirarme siendo la perfecta réplica de “El principito”.

Ya sé que muchos pensarán que esto de la edad y el cómo vestirse es una frivolidad, pero en el mundo femenino los cuarenta años si pesan, es como el último suspiro. También es cierto que a esta edad todo toma dimensiones diferentes, una ya no se preocupa del qué dirán y en cuestiones de ligue menos, ya no esperas anillo de compromiso y siendo franca creo que más bien aprende una a temerle. Total, éste viaje a Roma es mi luna de miel con mimisma y por ello quiero sentirme atractiva.

Quiero agradecer a todos los que han tenido a bien darme consejos para viajar y que trataré de seguirlos todos desde traer el pasaporte encima, no soltar para nada mi bolsa, mirar cien veces quien se me acerca, no hablar con extraños, no tomar bebidas que no sean servidas frente a mí, no caminar de noche, comprarme un mapa e ir a recorrer todo cuanto pueda, tomar muchas fotitos y todo eso que las madres nos dicen a las hijas cuándo sienten que estamos muy lejos del nido.

Lo  mejor de todos estos preparativos ha sido encontrar en el chico de la estética, un hombre entusiasmado de que los mexicanos salgamos a trabajar a otro país, ilusionado me expresa que esa es la forma de que el mundo conozca que México no sólo son tequilas y balazos. No te fallaré, soy México.

viernes, 3 de septiembre de 2010

La que tiene desesos de ver, tiene deseos de ser vista

POR Karini Apodaca

Mi vecina duerme con la ventana abierta y yo, la escucho cantar la vieja canción de un adiós repetido en el catálogo de sus personajes que cada noche, haciendo de su cuerpo una fiesta, deambulan por ella entre luces y sombras (Performance por Guillermo Ochoa Montalvo)
Cuándo mi laptop comenzó a agonizar, hace cerca de medio año, muy a mi pesar tuve que hacerme a la idea de cambiar de equipo. Me dolía dejarla porque fue una confidente excepcional, guardiana de todos mis secretos, compañera de noches completas de aprendizaje, oyente de mis pensamientos que dejaba registrados en su teclado. Pero era innegable que la carga de trabajo a la que había sido expuesta había anticipado su final.

Terminé comprando un nuevo equipo, ya no una lap; sólo mi pergie ocupará ese lugar por un tiempo. Mi nuevo centro de trabajo es un pc all in one, buena pero jamás será pergie.

Cuando me encariño con algún objeto que de una forma u otra siento vinculado a mi vida de forma más emocional que práctica trato de que su siguiente usuario le dé un buen trato, tanto o mejor que el que yo le di. Pergie no sería la excepción, se la obsequié a mi hijo Abraham, quien con la cara iluminada de emoción, su primera computadora y además lap, con tono de soy el dueño del mundo, me aseguró cuidarla. Inmediatamente le compró algunos accesorios que le aseguraran una vida cómoda; y las reparaciones para que pergie fuese lo que un día fue se hicieron.

Con un equipo no portátil, la mesa del comedor a lado de mi tan anhelada ventana de comedor dadora de sol matinal pasó a ser obsoleta para tales fines. Así que me vi en la necesidad de ubicar un nuevo espacio de trabajo. Compré un modular para mi nuevo amigo –sí, mi nuevo equipo se llama viandante—  y terminé ubicando a viandante y su mueble en una habitación en la planta alta. Este dormitorio que extraña vez se usa está en la parte trasera, y… ¡también tiene una ventana!

Mi nueva ventana está más alta. Puedo mirar al monitor o mirar al Izta, porque la ventana está a lado, así que me pasó horas cambiando la vista de una ventana a otra, en una observo mi entorno virtual que es más real que mi ventana Izta.

En mi ventana virtual tengo amigos, comparto información, videos sorprendentes, música, si bien de todos estos amigos que puedo observar y disfrutar no conozco de la mayoría el color de su mirada, de ellos sé sus emociones, estado de ánimo y hasta sus secretos.

Hace tiempo que trabajo de noche, es mejor; por mi ventana Izta entran los rumores lejanos del atardecer, el sonido de los tráilers frenando con motor, que desde niña he pensado que saben a nostalgia y a amores lejanos. Autos que se mueven en la rápida inercia de esta ciudad dejando  una estela de vida a la carrera. Después poco a poco se apoderan del entorno los sonidos de la noche, que son los que más disfruto, tenues, silenciosos, siempre hablando quedo. Ladridos de perros que se van apagando, alguna campana anunciando la hora de salir por el pan, los besos y manos ansiosas de los amantes que en el silencio sus roces son gritos de vida.

Mi ventana me permite mirar la vida de otro compañero del gremio de los desvelados. Instantes después que enciendo mi luz se enciende la de mi acompañante en este nocturnal, y no lo sé de cierto, pero podría asegurar que él también se va a dormir cuando lo hago yo.

Ha secado mis lágrimas de tristeza y celebrado con mis triunfos, le he visto alegre porque su luz, cual luciérnaga, en esos momento parpadea más que las noches en que esta pensativo. Cuando la nostalgia le inunda la noche y torna las luces en azul, trato de alegrarle apagando y prendiendo varias veces mi luz, somos los únicos habitantes de este universo en duermevela. Donde sin tocarnos nos sentimos, sin oírnos reconoceríamos nuestra voz en una multitud. Y es que le conozco tanto que, aun cuando su cortina jamás ha sido abierta, podría dibujar su sonrisa.