jueves, 23 de diciembre de 2010

La covacha

POR Karini Apodaca

Todos vamos adquiriendo manías con los años. Así que por estas fechas me gusta dar una buena limpieza y deshacerme de las cosas que ya no se usan.

Creo que si en un año no se han usado, no tiene caso retenerlas y es mejor pasarlas a quien sí pueda sacar provecho de ellas.

Este año no sería la excepción, y con el ritmo de trabajo un tanto amodorrado propio de las fechas decembrinas, me decidí a hacerlo.

Separando lo incómodo que es estornudar por el polvo, incursionar en el lugar de los tiliches es una gran pasión, encuentras mil cosas que tienen una historia tremenda, cosas que jamás pensaste encontrar o imaginar siquiera existían en tu casa.

Lo primero que enfiló a la puerta de salida fue la colección de TV NOTAS, que la madre de JL, tan amablemente nos ha ido generando; seguramente nos ve muy analfabetas en los temas de farándula y porno barato que definen a tal edición. Y que el señor de la basura, muy sonriente y chimuelo, con beneplácito subió a su vehículo.

Entrar a lo que aquí en casa llamamos covacha fue casi un acto equiparable a una escena de Indiana Jones; primero porque no se podía dar un paso adentro, segundo porque estaba abarrotado de bolsas para el mandado; creo que hay hasta ediciones especiales de susodichos artefactos. Herramienta dispersa por este pequeño cuarto debajo de la escalera, latas de pintura difíciles de reconocer, siete recipientes para cera automotriz, cargadores de teléfonos antediluvianos. Y al final, justo en lo más profundo de este sagrado lugar, he encontrado una caja llena de esas pequeñas cosas que juntas son nada y en separado son un todo.

Un viejo borrador que aún conserva olor a cereza, un lápiz turquesa 4B, entre otras cosas; un hot weels modelo Caribe en perfecto estado; no pude evitar probarlo y empujarlo por el piso, mi infancia regresó de un golpe. Recordé cuán importante era la forma de girar de las llantas cuando jugaba carreterita con mi hermano. Las horas planeando una autopista dibujada con gis blanco en la banqueta, una infancia con vacaciones llenas de sol y un cielo que entre jacarandas moradas se veía brillante.

Ha sido con mi hermano Marcos con quien compartí juegos de infancia, jugábamos a la lucha libre arriba de la cama de mis padres, usando las toallas del baño como capas. Él siempre era el Santo y yo Blue Demon. A los vaqueros, donde él se ponía todo el kit de El Llanero Solitario y yo como Toro sólo me dejaba la greña suelta. A manera de reflexión de niños siempre fui su compañero, su cómplice en muchas aventuras que hicimos dentro de casa. Enseñamos a volar a la paloma habanera de mi madre, que se gradúo cuando salió volando por la ventana y no le importó a la muy méndiga la regañada que nos dieron.

Después de comprar un organizador para la covacha, he dado un lugar a esta caja que contiene el tesoro de la infancia de un niño, que como yo, gozó infinitamente el poder de su imaginación.

jueves, 16 de diciembre de 2010

Chona la Tejerra

POR Karini Apodaca

Uno de los paisajes que me acompañará como uno de los más bellos es el que vi hace tres años viajando de Toluca a Tenancingo.

De Toluca rumbo a Tenango, lo primero que disfrutas es un largo trayecto en recta con un enorme camellón rebosante de sauces llorones que tratan de aferrarse a los autos que circulan por debajo de ellos, sus lánguidos brazos tratan de envolverte invitándote a perderte en su cambiante follaje.

Pasando Tenango inicia una carretera rural donde inmediatamente un paisaje boscoso será tu nuevo acompañante; vas dejando atrás pueblos pequeños que tímidos se asoman al borde de este camino que, no por ser de dos carriles, es poco concurrido.

Las curvas son ligeras y te van llevando poco a poco a un deleite visual. Por fin aparece El Capulín, que indica lo mejor; apenas 100 metros adelante comienza una pendiente bastante larga y sinuosa, donde de un plomazo verás un valle a tus pies; los colores de los invernaderos y el verde juegan a entrelazarse, es el cultivo de flores lo que vuelve éste lugar mágico.

Al principio, con miedo recorría esa bajada llena de curvas traviesas y arriesgadas; con el tiempo jugaba a medir el tiempo que tardaba en bajar y en subir el tramo. Terminé viviendo completamente en Tenancingo y, dispuesta a conocer mi nuevo entorno, acostumbraba a salir a caminar.

Una tarde encontré un viejo edificio con una placa anunciando “Asilo”, pintado de lo que un día fue naranja mandarina; el edificio estaba ajado, pero así como muchas personas con el tiempo se vuelven más bellas, el edificio con los años había tomado un sabor exquisito.

Preguntando se llega a Roma, y al enterarme de la historia del asilo, supe de la historia de Chona la Tejerra, mujer que se unió a las tropas de Villa; amante de la causa, andaba siempre con sus carrilleras puestas, aun después de terminada la Revolución.

Cuentan que una tarde se enfrentó contra un pequeño ejército. En esa batalla todo su grupo fue aniquilado, con excepción de ella. Para sobrevivir tuvo que hacerse pasar por muerta y en medio de la obscuridad y del frio propio del lugar esperó a que sus enemigos terminaran de marcharse. Decidida a no perder la batalla se acerco silenciosamente a la charamusca que celebraba la victoria; la neblina y el alcohol fueron sus aliados; desamarró todos los caballos y huyó triunfante disparando al cielo sus dos pistolas con cachas de plata acompañando su carcajada.

Villa fue asesinado, Chona se hizo vieja y con honores fue instalada en una casona, donde vio pasar el resto de sus días cuidando los limones de su huerto. Los niños del lugar solían brincarse por los muros y llevarse algunos sólo para escucharle reír y echar balazos mientras canturreaba “Dónde están esos pelones que se llevan mis limones”.

Murió sola. Supongo que en las mujeres que rompen paradigmas no es de asombrarse, pero recibió los honores que merecen los generales de guerra. Vestida de gala con su mejor zarape y sus inseparables pistolas fue enterrada en el panteón municipal. Su último deseo fue que la casa que le vio tomar sol por las tardes en el huerto ahora diera techo a las personas mayores del pueblo que la vio partir joven para entregarse a la causa y engrandecida la recibió con los brazos abiertos para acunarle en sus últimos días.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Las nalgas me salvaron la vida

POR Karini Apodaca

Tiene problemas de comunicación con su pareja, broncas de lana, sufre de insomnio, quiere ascender de puesto, que el marido no se le vaya, que su vieja no le ponga el cuerno… mi consejo es: para eso están las nalgas.

Y no es broma, el trasero además de ser visto como objeto de culto, puede usarse como medio de transacciones importantes, siempre y cuando se tenga la entraña para negociar con él, cosa que no es sencilla.

Todos los Apodaca adolecemos de haber nacido dotados con un gran cabuz y ha sido para mí un soberano quebradero de cabeza mantenerlo, dentro de lo genéticamente posible, en un tamaño moderado. Y es que, con sendo tamaño, por mucho que una intente caminar y pasar inadvertida, no es posible; al dar un paso adelante, ahí va ya la nalga, tambaleándose para permitirle a una desplazarse en el espacio.

Algunos meses atrás, mis hermanas decidieron tomar clases de pole dance, o séase “tubo”, disciplina que se puso de superfashion en Gdl., asi que prontas y presurosas ahí van las hermanitas Apodaca al gym para contornear su figura con esta nueva disciplina que prometía esculpir cuerpos perfectos.

Apenas tocar casa paterna, me recibía Mariana con notorios moretones en brazos y muslos, producto de la piel pellizcada contra el tubo; ah, pero eso sí, radiante la chica porque ya dominaba tal o cual maroma en dicho artefacto.

Nunca se lo expresé, pero no me veía a mí misma y cuerpecito mío ahí trepada, jugándome humanidad y media a quedar tarada por alguna caída, y es que para esto de los deportes extremos soy muy tronca y prefiero las disciplinas más sencillitas, como salir a caminar al amanecer con mancuernas en mano, por si se da la ocasión aventarme alguna sesioncilla de kick boxing o mejor aún, las sesiones de box spring para evitar la rigidez y falta de elasticidad.

Bueno, pero estábamos en las hermanas Apodaca, que además avanzaban en su rutina a pasos agigantados. Llega su primera demostración y felices arman sus disfraces, que parte de este nuevo deporte es hacer las competencias con todo y vestuario ad hoc. El que se atreva a decir algo sobre de qué se visten mis hermanas para tal ocasión le doy un trompón.

Una tarde me enteré que Mariana había hecho un mortal, caída libre, sin manos, ni colchonetas y sin escalas. Dicha hazaña le valió collarín y faja por algunas semanas, el trauma del pánico vivido en la caída y tener que renunciar a su tan fashion disciplina. Pasado el susto y las lágrimas, como todo en esta vida, terminan siendo recuerdos que entre risa y risa nos acercan.

“El doctor me dijo que ha sido un milagro que no me pasara algo más grave, ya que la caída fue de muy alto”, me confiesa Mariana. Hace una pausa, se pone seria y con voz solemne dice: “Las nalgas me han salvado la vida”. Soltamos la risotada, mientras pienso: “Sí, para eso están las nalgas”.

NOTA: Ah, nueva aplicación para trasero: también salvan la vida.

viernes, 3 de diciembre de 2010

Autopistas

POR Karini Apodaca

Cuando muy niña jugaba con mis amigas a las barbies, parte del juego consistía en ataviar a nuestra avatar y describir que edad tenía y su estilo de vida, mi hermana Tarsis siempre jugaba a que tenía una combi y estaba casada. Mi barbie me gustaba soltera, trabajando y viviendo en un departamento sola en donde algunas noches su novio pasaba a visitarla y después de una cena íntima se amaban más y más.

La idea de ser una mujer autónoma me gustaba ya desde entonces, así que con el tiempo me he ido habituando a ver la cara de sorpresa en algunas personas por mi manía.

Cuando compre mi primer auto de agencia, la vendedora asombrada me preguntaba el porqué no iba acompañada por alguien, y francamente no hay palabras para explicar lo bien que me sentí cuando me incorporé dentro de mi nueva adquisición en el trafico de Gdl.

Acumulando proezas simples que para mi han sido “mis grandes triunfos” he ido dejando atrás mitos heredados, pero también tuve que aprender a poner cara por hacer cosas que muchas mujeres no se atreven a vivir, y sé que no lo viven, no porque no quieran, sino porque el miedo y la falsa idea que siempre algo nos pasará las deja en la línea de espectadoras.

El jueves por la mañana regresé al DF, manejando ante la atónita mirada de mis padres que no terminan de acostumbrarse a esta hija que tienen. Me siento tan libre cuando manejo en carretera, me llena la idea de no pertenecer a nada, de poder subir en un auto mi existencia e ir y venir conociendo, viviendo y llenando mis ojos del paisaje que se va quedando atrás.

Este jueves he tenido compañeras de viaje: Nanis, mi hermana y Julieta mi ahijada. Y ahí íbamos, tres generaciones recorriendo el camino de Guadalajara al DF. Para mi existía la gran duda si alguna de ellas experimentaría el gusto que tengo por ver amanecer en el camino.

Apenas clareando el día, estaba entroncando la carretera que conecta la autopista de occidente con la autopista a Queretaro, justo en el momento que el sol nuevo llena el campo de bruma desmañanada y colores tiernos nuestro camino nos llevaba a ir atravesando el lago Cuitzeo, emocionada le dije a mis compañeras “Mira que belleza” mientras nos internábamos en ése magnífico trayecto rodeadas de agua.

Julieta no paraba de gritar “Abba, abba”, le pasé la cámara a Mariana que vencida por el sueño alcanzó a tomar una fotografía de ése momento para después caer vencida por el sueño.

Julieta y yo emocionadas no parábamos de mostrar nuestra emoción, ambas con el corazón desbocado y los ojos radiantes intercambiábamos miradas. Dicen que los niños tienen personalidades parecidas a su madrina. Mi madrina es una mujer independiente y pionera de un matrimonio equitativo, algo nuevo en su momento en nuestra tradicional y políticamente correcta familia. Julieta además de no tolerar el cepillo por su enmarañada melena disfruta de verse guapa y emocionarse con los accesorios, además de amargarse cuando pasa varios días seguidos sin salir de casa.

Espero que Julieta aprenda más rápido que yo, que la felicidad es una actitud, no es con una pareja o bienestar económico como se obtiene. Que todas las personas en nuestra vida, nuevas o conocidas, son como ella en éste viaje, compañeros de camino y llegado el momento con una sonrisa y gratitud hay que dejarles partir manteniendo los brazos abiertos porque nunca sabemos en que parte de nuestro trayecto volveremos a compartir camino.