sábado, 25 de junio de 2011

Trauma No. 1

POR Karini Apodaca

“Soy feliz cuando llegan y más feliz cuando se van”, decía mi abuela

Fulanito nos había solicitado hospedaje mientras prospectaba la posibilidad de algún trabajo en el DF; había llegado a casa como un buen huésped, y en menos de semana y media, se había convertido en una pesadilla.

A una semana de hospedarlo, una enorme irritación me llenaba la panza y me dejaba sin poder comer nada el resto del día; cualquier detalle, por mínimo que fuera, que rompiera mi idea de cómo tienen que ser las cosas, era suficiente para lanzarme con grito de guerra a toda una batalla campal.

La gota que derramó el vaso fue el comentario: “Cuando Fulanito habla de ti, pone la misma cara que pone Fredo cuando lo abrazas”. Rompió el eje de mi mundo. En un segundo me fue imposible sentir otra cosa que disgusto por mi gato.

Mis tardes de solitario trabajo, las cuales disfruto, habían terminado. Fulanito tenía sensor para llegar a casa justo a los cinco minutos de mi regreso a ella; Fulanito sufría de hipoglucemia por falta de alimento, porque era incapaz de prepararse nada, a menos que una se lo sirviera. Fredo, más inteligente, una vez que notó mi indiferencia, procuraba andar de puntitas por la casa. Todas las mañanas frente al espejo practicaba el coco wash: “Tranquila, ya pasará, todo volverá a la normalidad muy pronto”.

Una tarde regreso a casa para encontrarme a Fulanito sentado a dos nalgas en mi silla. Mi lugar en la mesa, mi lugar, mío de mi, todo lo anterior lo había tolerado, pero definitivamente nunca le perdonaría que se sentara en mi lugar. En casa de mis padres vivimos nueve personas y cada una tenía un lugar en la mesa, un lugar que todo el mundo respetaba, nadie de los otros ocho llegó a sentarse en mi lugar. Esa tarde Fulanito estaba en MI lugar, y sin embargo, había dos lugares sin dueño. ¿Por qué mi lugar? ¿Por qué a mí? ¿Por qué yo?

Toda la civilidad y educación un día aprendidas no sirvieron de nada, no pude evitar mostrar mi disgusto, mentalmente me veía pataleando en el piso mientras gritaba: “Éste es mi lugar”. Obsesiva con la palabra mío, pasé una tarde completa, todo aquel que cruzó palabra conmigo escuchó mi rabieta, porque mi lugar en la mesa había sido usurpado. Pensé mil formas para decirle a Fulanito que él no podía sentarse ahí… ¿Cómo hacerlo sin que me escuchara demasiado infantil o ideática? Después de girar a mil por hora el cerebro, decidí que, a pesar de lo que pudiera pensar quien sea, le dejaría muy en claro a Fulanito que esa silla es mía y que definitivamente no estaba dispuesta de dejarlo sentarse ahí. “Ahora me escuchará”, exclamé, mientras giraba la llave para ingresar a mi casa.

Nadie sabe lo que se siente llegar a tu casa y ver TÚ silla ocupada por alguien que no eres tu...

Nada… Por alguna conexión extraña, Fulanito nos informó que se retiraba. Seguramente la imagen de una Karini que llegaba por la espalda a quitarlo de la silla mientras brincaba sobre él gritando “Es mi silla” le llegó por telepatía o la de mimisma que preparaba una taza de café mientras mezclaba azúcar y veneno para ratas en ella y con desquiciadas risotadas expresaba ¿Deseas algo para comer?… Recuperé mis solitarias tardes y mi lugar, mío de mí, en la mesa.

domingo, 19 de junio de 2011

soy Karini Amaranta Apodaca, hija de Sergio Apodaca

POR Karini Apodaca

A cuarenta años de conocerte, este es el primer día donde no existe un conflicto por saberte, aceptarte y comprenderte.

Recuerdo algunos domingos donde muy temprano mis hermanos y yo llegábamos a jugar a almohadazos a tu cama; otros donde me pedías que caminara por tu espalda… De todos, yo era la que mejor lo hacía: “tienes pies de seda”, comentabas, y eso me hacía sentir importante.

Había tardes que al salir del trabajo, temprano, pasabas por nosotros para ir a comer al campo; caminábamos, encontrábamos hongos y escuchábamos tu gran sueño de comprar una casa grande con un enorme jardín frontal para jugar en él.

Tenías un enorme gusto por fotografiarnos; fotografías en blanco y negro que son de las pocas que hay en el álbum familiar.

Con incredulidad solía observar todas tus anotaciones en hojas de papel cebolla color rosa, con una letra que parecía de máquina de escribir. La tarde que mi madre nos dijo el gran secreto: “Tu papá es el enano del tapanco”, el autor del boletín informativo del grupo al que asistíamos a misa, en ese entonces no supe cuantificar lo enorme de esa confesión. Te gustaba escribir.

Los años terminan por mancillar el brío de cualquiera. Siete hijos qué sacar adelante y una realidad nacional que lleva años de marginar a sus mexicanos, terminaron por decepcionarte. Escucharte en la crisis más fuerte de tu vida exclamar: “Soy como el soldado que recobró la vista al pinchar el tórax de Cristo; me encuentro ante un Dios muerto”.

El hombre que solía compartir sus sueños durante caminatas campestres perdió la fe, se aisló del mundo que nunca tuvo un espacio para él, y sin embargo, forjó hijos de temple.

En algún momento de nuestras vidas todos deseamos saber el origen y razón de nuestro nombre. Sin saberlo tú o yo, esta búsqueda, el desear saber por qué Amaranta, Inicio mi gusto por la lectura. “Tus abuelos sugirieron Karini y tu papá decidió Amaranta, por el personaje de la novela Cien años de soledad”, contestó mi mamá, que era la fuente de respuestas cuando era niña.

No Rebeca, no Úrsula… Amaranta. La Atenea de la novela y la Afrodita en su segunda manifestación. Mi camino a amar las letras lo marcaste tú y es alguna de las muchas cosas que siempre te agradeceré.

Sin la arrogancia de la juventud, hoy con la frente en alto puedo decir: soy Karini Amaranta Apodaca, hija de Sergio Apodaca.

miércoles, 1 de junio de 2011

Y andaba yo denseando

POR Karini Apodaca

Que no se entienda "deseando". He pasado días de densidad completa, plena, entre berrinches y pataletas, odiando al mundo, a la vida, comenzando a creer que mi estado perpetuo sería la amargura.

Y es que ahí estaba yo, a duro y dale con eso de que tener pareja sólo traía compromisos y trabajo, además de no poder moverte a libertad, ni andar yendo y viniendo a placer. En fin, tanto va el cántaro al agua que termina por romperse; o mi favorita, la reata revienta por lo más delgado.

Renté un micro departamento que en un día acondicioné; y es que cuando entro en estados de frenetismo puro ni un tren me para. Y ahí andaba esta servidora suya con un diablito llevando cajas de un lugar a otro, cual burro. Que también entre vuelta y vuelta pensaba, y después resultó ser, una buena forma de matar las horas domingueras. Di por hecho mi triunfo una vez que la mudanza llevó los muebles más pesados.

¿Cuánto me duró el gusto? Unas cuantas horas; el tedio de rumiar mi existencia sola apareció muy rápido, imaginé días intensos que no llegaron. La vida seguía igual, tenía toda la libertad anhelada sólo para darme cuenta que nunca me había faltado.

Cuando se vive en pareja se tiene la mala costumbre de pensar en la otra parte, de renunciar o hacer cosas en honor a la pareja, mismas que pasan de noche para la susodicha media naranja... ¿Por qué? Porque nunca lo ha pedido, fácil; porque es una misma la que hace una serie de acciones, cuales sacrificios frente a un ídolo, sin que nadie nos lo pida.

Mi capacidad nata de auto flagelarme es la que me a limitado, no uno, no el otro, ni nadie más que yo. Escuchándome y oyendo otras historias, al final en una relación lo que nos duele cuando ésta termina no es el tiempo perdido, que nunca se pierde, es la serie de cosas y anhelos no cumplidos en la estúpida idea de que con ese sacrificio nuestra pareja nos valorará más.

Mi libertad fue igual a mi clóset "lleno de no sé qué ponerme". Sola o no, la vida sigue; y haga lo que haga... la vida sigue, nadie vendrá a poner una estrella en mi frente por ser la mas chingona ama de casa o la más perra profesionista, nadie me pondrá a hacer una plana por cometer perradas; es para una y para nadie más que se debe decidir sobre el qué hacer y qué no.

Pero llegar a esta "egoísta" conclusión no sólo me costó el alquiler y mes de depósito, mudanza y accesorios para mi nuevo estudio; llegar a este momento me costó mudarme tres veces en menos de 48 horas, por querer justo lo contrario a lo que tenía... En la última mudanza, con brazos amoratados y las piernas temblando, me senté a llorar amargamente por tener el brío para hacer tanta pendejada de un jalón, por tener el impulso de lanzarme al vacío sin paracaídas, por tener que aceptar que mi pensamiento es así, obsesivo y compulsivo, y que de hoy en adelante debo vivir como adulto. Entender que la felicidad son momentos fugaces y que no vendrá nadie a dármela.

Hoy amaneció el día gris, le veo hermoso y pienso que es el primer día gris después de muchos días soleados; y por ser el primero será hermoso, aunque después viva renegando de los días grises hasta que aparezca un día soleado; entonces recuerdo la frase de mi libro de Historia del diseño, que reza cual maldición gitana: 80tas con menos nos aburrimos.

P.D. Me alquiló de diablera los domingos