miércoles, 16 de mayo de 2012

Historias de a cuarenta. La otra


POR Karini Apodaca

“¿Quién eres?”, pregunta mientras mecánicamente aplica algo de crema en la cara: busca alisar algunas arrugas propias de su manera de expresarse.

La primera vez que me lo preguntó me sentí adulada, después me di cuenta que era una confrontación directa y no un cumplido como supuse al inicio. Con pánico reconocí que no lo sabía, pero su forma de mirarme tan insistente me llevó a buscar alguna respuesta coqueta que pudiera caerle en gracia. Mi gran problema ha sido tratar de ser aceptada y amada por todos.

Llevo tantos años de tratar a la otra, que me sé de sobra la forma en que levanta su ceja para preguntar de forma irónica: “¿Quién te crees tú para venir a cuestionarme? ¡No eres nadie!, ¿me escuchas?; si por ti fuera, todas las mujeres seríamos víctimas”.

De niña no fue muy agraciada, o mejor dicho, eso es lo que ha pensado ella toda la vida. Las botas ortopédicas que usó hasta casi concluir la primaria siempre la hicieron sentir incómoda. Seguido me comentaba, a manera de mueca soberbia, que con el tiempo logré descubrir que era más bien un lamento: “¿Sabes?, por años anhelé ser como las otras niñas de mi colegio: una princesita con femeninas zapatillas de charol, y esas horribles botas me hacían torpe y víctima de burlas entre mis compañeros. Pero hoy día agradezco no haberlo sido, eso me obligó a refugiarme en los libros y a curtir mi carácter; gracias a ese esfuerzo ahora soy quien soy”.

Yo la contemplaba al principio asombrada; luego, con el tiempo, fui experimentando un pequeño sentimiento más cercano a la lástima que a la comprensión. ¿Cómo decirle que no era el ser perfecto que ella creía? El eje de su mundo giraba en esa conciencia de saberse hermosa a fuerza de bisturí, terapias, cremas, clases, ejercicio, lecturas, talleres y bastante disciplina. O bueno, eso es lo que ella promulga.

Agacho la cabeza y miro mis uñas deshechas; ciertamente, no son como las que ella tendría; mis dedos aún muestran manchas de pintura porque decidí pasar la tarde hundida en mis pensamientos mientras pintaba por quinta vez la pared del pasillo; no hay capas suficientes para que el color quede perfectamente blanco... ¡Inmaculado!.

A las siete en punto ella llegó como habíamos acordado; con la barbilla en alto miró alrededor y, una vez más, como era su costumbre, hizo una mueca de desdén al observar que aún no estaba lista. “¡Es el colmo! Quedamos de vernos a las siete y tú no estás ni peinada, ¡vamos, vamos! Que por pintar muros ningún hombre te querrá. Alístate a la voz de ya”, grita mientras chasquea los dedos. No puedo odiarla, fue ella la única amiga que me escuchó cuando con los sueños deshechos asumí que nuevamente había equivocado mi elección y mi último amor me había dejado en bancarrota y con las tarjetas sobregiradas.

Fue una noche, hace ya años, que al volver de los separos donde había ido a dar “el amor de mi vida”, apenas llamarle acudió a mí; con todo y sus reproches, y a manera de cobro por su apoyo, me acompañó por la carretera sin luz que llevaba a la quinta. Aceptó pasar la noche escuchándome y, como pronto aprendí, criticando y haciéndome ver cada uno de mis enormes errores. “No te preocupes, yo te voy ayudar”, fueron las palabras que sellaron ésta hoy añeja amistad.

“Lo primero que tienes que hacer es no enamorarte. Ya te das cuenta cómo todos tus problemas los ha causado tu excesiva necesidad de amor, ¿no?”. Ni cómo debatirle el punto, así que me dejé guiar por sus consejos.

En menos de un año me obligó a bajar de peso. “Primero muerta que gorda”, gritaba cuando me sorprendía a punto de comer una galleta. Fue difícil, pero no tenía de dónde más asirme. En no mucho tiempo logré llevar su forma de alimentarse y cuidarse. Cada mañana repetía su máxima: “Nunca se es demasiado rica ni demasiado delgada”. Rezaba si sentía hambre, la cual engañé a base de tazas de café y horas de caminata; y con su ejemplo llegué a arrancar cualquier sensación que atentara contra nosotras.

Lecturas y más lecturas para ser tan refinada como ella indicaba lograron el objetivo. Aunque preferí cederle el protagonismo, cuando se necesitaba un poco de ayuda salía yo al rescate. Conocí su mundo, sus parámetros; y no lo niego, en su momento los gocé como trofeos que ella siempre terminaba adjudicando como suyos; yo sólo soy su creación.

Mi graduación para estar a su nivel sucedió una noche donde logró convencerme que si por amor o atracción, según yo libre albedrío, podía acostarme con cualquier don nadie, ahora debía aprender a darle sentido hasta a mis cojidas; “Si logras hacerlo te adorare siempre” exclamo. Semanas más semanas menos mentalizándome le anuncié que estaba lista para la dar el paso.

“Bien, no te dejaré sola” dijo y no lo hizo. La primera vez que me acosté con un hombre sin otro objetivo que gozar de los beneficios de su cartera, ella estuvo allí. Nunca me advirtió que estaría, de pronto logré verla a través de los espejos en la habitación, me quedé mirándola atónita ¿Cómo diablos se coló?; ella se deslizo hasta llegar a él y con una sonrisa en su angelical rostro bajo hasta su entrepierna. Al principio con cierto pudor que muy rápido se volvió excitación, la vi dar cuánto placer se esperaba de ella, pero sin perder nunca el control y llevando a mí conquista por cuánto capricho se le atravesó en la cabeza; hasta sentir sus contracciones que indicaban que una vez más lo había logrado. Complacida a través del espejo, su mirada aprobó el momento y, con cara de quién se lleva el laurel en la mano, volvió a fijar sus ojos en nuestro nuevo amigo, se quedó dormida no sin antes confesarme lo que a nadie había dicho “son mis orgasmos los inalcanzables, los que no doy a nadie más que a mí”. Fui yo quién la despertó cuando la mañana comenzaba a recorrer la habitación, para recordarle que debíamos correr a cambiarnos para ir al trabajo como cualquier otra.

Todo ese día repasé la imagen hasta el cansancio, solo para convencerme que estaba enamorada de ella, ver su cuerpo desnudo en contorción, sus gestos, y lo mejor su amor sin reservas expresado en ese instante en que ella posó su mirada en mi, me hizo lanzarme de cabeza, nunca más volví a cuestionarle nada, lo que ella decidía era ley para mí. Viví imitándola, no sólo eso busqué perfeccionarla y sé que lo logré, pero es obvio que no se lo puedo comentar, eso no la haría feliz y mi felicidad era la suya.

Pero, ahora cada que cojo con alguien, la imagino mirándome cambiando mi lugar de observadora con el de ella, fantaseo que me ve y sonríe llenándome de amor con su mirada, se acerca a mi oído y maliciosa susurra sus trucos de meretriz consumada para ser la mejor en la cama y entonces sé que después compartiremos nuestras hazañas, nuestros logros, según nuestro desempeño serán las atenciones y propuestas recibidas, después competiremos comparando el motín de una con la otra.

Hoy está un poco molesta por mi atraso; le he tratado de hacer ver que no estoy segura de querer seguir su tutela, que me gustaría volver a vivir la emoción de quien se deja llevar por la atracción y el amor. Iracunda, respondió que nunca permitiría que tanto esfuerzo se tirara al caño, que somos mujeres caras y no estamos para enamorarnos de ningún muerto de hambre.

Por esta razón no me atreví a cancelarle la cita para ir a tomar un café con “el artista muerto de hambre” que acabo de conocer; hoy está tensa porque, por más que le digo que sus glúteos quedaron perfectos, teme que alguien pueda notar que los acaba de operar, o peor aún, que le hayan quedado demasiado grandes. En unos minutos sus dudas se despejarán cuando su nuevo galán le comente que se ve divina, que es una diosa y anhelante la lleve a cenar a algún restaurante caro.

La llevo a donde su cita cara; tal vez tiene razón en estar nerviosa, vamos un poco tarde por mi culpa y la puntualidad es una cualidad que se ha perdido; pero “es bueno ser puntual, nos da un toque de distinción”, se lo he escuchado de sobra. Molesta ella y pensativa yo realizamos el trayecto. “Este hombre sí me conviene”, me recuerda, “ha pasado todas las pruebas para ser un buen ex-señor-de”. No olvides que no debes enamorarte, le recuerdo mientras toma el maquillaje en polvo para retocar su respingada nariz. La miro directo a los ojos, sonrío orgullosa, soy tan cercana a lo que de niña imaginé. Atrás quedaron los días de ser bodrio con zapatos ortopédicos.

“¡Ya cállate!”, le digo a la mujer frente al espejo que con mirada amorosa intenta vanamente hacerme ver que hace tiempo mi corazón no siente emoción alguna. “Cállate tú”, me grita ella. “Quiero volver a sentir” exclama la otra. Termino de retocar mi nariz y cierro el estuche mientras checo mi apretada agenda de citas caras.