miércoles, 19 de septiembre de 2012

El hábito no hizo al monje

POR Karini Apodaca

El día de mi primera comunión, salí con un halo angelical, igual al que veo en la cara de todo infante que se prepara para tal ritual; el mismo que me quedaba después de acercarme a besar la mano al sacerdote.

En ese entonces el catecismo se estudiaba en casa, el catecismo del Padre Ripalda, era un panfleto del tamaño de un cuarto de carta, impreso en papel revolución y engrapado. Había que memorizar todo lo que había en el: los mandamientos de la madre iglesia, los diez mandamientos, entre otros menesteres y para cerrar con broche de oro, el rosario con letanías y todo.

Ese día fue más bien caótico, la ceremonia no la recuerdo en nada, pero jamás olvidaré que saliendo del templo nos llevaron a tomar fotografías a un hermoso jardín propiedad de la vecina de la tía, que se ofreció a captar tan memorable ocasión

Después de posar el trío dinámico que entonces conformábamos mi hermano mayor, mi hermana menor y yo, regresamos a casa en dónde se celebraría un modesto desayuno.

¡Ya no había nadien! los invitados aplicaron la de comemos y nos vamos o nosotros tardamos mucho, pero recuerdo encontrar un ambiente más que tenso entre mi mamá, hermana de la tía fotógrafa y mi muy histriónico padre.

Aún existen las fotografías de tan memorable día, las cuales aborrezco, en ese entonces parecía lechoncito y con los caireles típicos de esas ceremonias, fácilmente le hacía competencia a Miss Piggy.

Niña entonces, y con tan importante evento, se me hacía grandiosa la frase: Si Dios quiere. A los seis años, es una frase perfecta, pero escucharla en un adulto es algo inquietante... 

Con el tiempo llegaron más hermanos "hijos los que Dios te de" creía mi padre. Imagino que tanto soldado de Dios en la casa aturdió a ambos progenitores, porque ya los más chiquillos vivieron una religiosidad más holgada; el más pequeño de mis hermanos se vomitó en su primera comunión, otra hermana se desmayó y en el desvanecimiento salió disparada la chancla hasta el altar y para cerrar con broche de oro, mi primogénito exclamó ¡Tarzán! cuando vio por primera vez un Cristo.

Con tan poco talento en las etiquetas religiosas el título de "familia católica, apostólica y romana" se colapsó, ni la rezada a rodilla del rosario todas las noches, ni la cuaresma sin televisión ni radio, ni el día semanal "sin luz", ni tantos y tantos sacrificios que aún sigo sin comprender de que le podían servir a Dios, sirvieron para convertirnos en devotos feligreses.