domingo, 8 de junio de 2014

Bailando


Por años tomar clases de belly dance era un sueño, siempre postergado por dedicarme a hacer cosas "más serias", llegó el día que me atreví a pasar por la puerta del gimnasio que anunciaba las clases.

Mi primera clase fue un bofetón al ego, ver frente a ese muro de espejo éste cuerpecito mío que había logrado mantener delgado marcó el parte aguas. Delgado sí, pero carecía de movimiento coordinado, mi oído no distinguía entre altos y bajos, mi cuerpo no me reconocía ni yo a él, era incapaz de levantar pausadamente el brazo izquierdo. ¿En qué momento me perdí? Era la Forrest Gump de la clase. Éste espejo me confrontó con la mujer dislocada y amargada en la que me había convertido. Y ésta vez la solución no sería huir, decidí tomar el reto que tenía en frente.

La primera lección fue aprender a qué altura va el fajillo con monedas, ese tan mono, y que muy pronto descubrí que más que glamoroso se vuelve tu conciencia. Sí, tu conciencia, con el aprendes a escuchar cuando perdiste el ritmo, cuando hay que controlar y cuando hay que dejar en caída libre, cuando debe de darse un sonido fuerte y seco, cuando debe vibrar fluido y alegre, y cuando el silencio es la mejor opción.

Han sido horas las que he dedicado para conectarme con mi cuerpo, mi espíritu y mi esencia. Más obsesionada al principio, en lograr hacer los movimientos básicos, sin darme cuenta mi cuerpo inició el proceso de limpieza, litros y litros de emociones contenidas fueron convertidas en sudor.

Y llegó el día en que mi cuerpo hablaba solo. Se me ilumina la cara cada vez que recuerdo el momento en que fui capaz de brincar  ¡tenía años sin brincar! y entonces solté amarras, tristezas, sueños, todo tenía derecho a salir, a existir, y comencé a girar, soltando toda auto-censura; dislocación, twist, brinco, shimmy, belly roll, mayas, camellos, gatos, todos movimientos sinónimos de los mismo: expresión.

Volví a gozar el roce del aire sobre mi piel sudada, mirar mis caderas mesándose mientras Mimisma salía del hoyo en que la había enterrado. Me vi disfrutando las cosas más pequeñas, nuevamente caminé desnuda por la casa, aprendí a escuchar a los demás sin sentir que me agredían, recordando decisiones pasadas sin culparme, disfrutando cada experiencia vivida y cada idea que llega a mi cabeza. Sonriendo nuevamente mientras camino por las calles sin miedo, regalando sonrisas en cada persona que me topó en mi diario andar, sin la auto-impuesta inhibición de que fuera un gesto mal entendido.

Segura de lo que decido, de lo que hago y aceptando cuando la riego. Marcando el final de una discusión que no lleva a nada, amando cada pensamiento, sentimiento y movimiento propio de la mujer que soy.

Me faltan mucho por bailar, porque la vida de eso va, bailas al son que te toquen, pero tú eliges los pasos y en algunas ocasiones serás quién ponga la pista, pero en cada baile esta tu existir.