domingo, 5 de octubre de 2014

Entras caminando... Salís bailando...

POR: Karini Apodaca
El gran problema como turista es dar con los lugares que no están hechos para turistas.

Venir a Buenos Aires sin tener contacto con el tango seria una experiencia incompleta, pero, el punto era encontrar el tango que baila cualquier amante del baile. No el tango show que ofertan por todo Madero y uno que otro local por la 9 de Julio.

Afortunadamente, entendieron mi inquietud, una pareja de excelentes anfitriones que después de cenar en el Centro Cultural Armenio, me sorprendieron cuando me invitaron a pasar al subsuelo del mismo edificio, para encontrarnos con un saloncillo llamado La Viruta. "Se llama así, porque antes el tango se bailaba en piso de madera y el tacón sacaba viruta de la pista" me explican... Orgullosa, presumo El Salón Los Angeles de mi México, donde la pista de baile es 5 veces mas grande y aun es de madera.

Sí, ¡Qué bien sentí al decirlo!.

El precio de ingreso es de $40.00, el centro de la pista estaba dividido en tres grupos, porque como se nos explicó, primero es la clase y después comienza la milonga. Atenta escuchaba las indicaciones y observaba a los alumnos empeñados practicar hasta el cansancio. Al igual que en Salón Los Angeles, los parroquianos son de lo más heterogéneo, de hecho mis anfitriones estaban impactados de ver la cantidad de personas en la clase. Igual que en México todos opinamos del danzón, pero casi nadie sabe bailarlo.

Un silencio contundente, acompasado por el mobiliario que se re-acomodaba marcó el inicio de la milonga, un sinfín de parejas llenaron la pista. Gordos con flacas, altas con chaparritos, flacos con gorditas, pero todos girando.

Se nota quien es bailarín de calle, con estilo inconfundible y una armonía nata, la mayoría sobrepasa los 60 años, baila con garbo y soltura, sin tanto show, pero capaces de bailar toda la noche y con una compañera distinta en cada pieza. Lo que si extrañe de mis bailarines mexicanos, es su elegancia en el vestir, en esta milonga las mujeres visten en jeans o leggins y deslucían un tanto por cuanto la estética del baile de salón.

Terminada la tanda, los acordes de "Get your kicks on route 66" reivindicó a algunos jóvenes que si bien mostraban torpeza en el tango, en esto del fox trot, lindy hop y twist brillaron como ninguno.

Mi cereza del pastel llegó cuando las notas de Procura dieron inicio al característico contoneo de caderas que solo en la música afrocaribeña puedes gozar. Entonces sí, todo el mundo le dio vuelo a la hilacha.

sábado, 4 de octubre de 2014

La Ciudad de la furia

POR Karini Apodaca

Llegar a Buenos Aires y no recordar la estrofa:
Me veras volar 
por la ciudad de la furia 
donde nadie sabe de mi 
y yo soy parte de todos
solo puede pasarte si tu equipaje personal tiene bastantitos años.

Lo poco que he podido ver, en Buenos Aires, es que su arquitectura clásica casi siempre con más de tres pisos de altura, te da cierta idea de pequeñez. Sorprende la cantidad de kioskos de revistas y librerías, que la ubican como una ciudad amante de la lectura.

Aquí no se ven carteles con viejas encueradas para vender tortas o servicios mecánicos. Se ven mujeres de cabellos largos, que se enredan en sus mascadas y llenan de aromas las calles que caminan a la sombra de los viejos edificios. Colillas por las aceras indican que también hay fumadores, y la platica común en muchas ocasiones es sobre política, imagino que por las cercanas elecciones de su vecino Brasil. 

El centro de esta ciudad tan hecha a la europea se vuelve desierto el sábado, sí, igual que en Europa, imagino que para el domingo esto estará muerto.

Por recomendación, hoy planeaba recorrer la Avenida de Corrientes, que me dicen esta repleta de librerías de libros usados, mientras tomo un café cortado, me ubico en el mapa para turistas y marco los puntos de interés que puedo visitar.

Ni hablar, el ingreso del metro grita frente de mi, mientras empino los últimos sorbos de café, cambio de planes, me largo al Centro Cultural Islámico que esta casi donde termina la linea D, un bella forma de justificar mi ingreso al metro.

Me gusta coleccionar viajes en metro, y he podido viajar en ellos en casi todas las ciudades que he conocido.

Temerosa y temeraria ingreso a la estación, está mas húmeda y sucia de lo que imaginaba. Abordo el vagón y llego a la estación Palermo, paso a paso mas emocionada, miro por la calle varias personas con caftanes, a lo lejos observo la arquitectura del lugar y me freno en seco al mirar que el lugar esta custodiado por policías, cuestión de seguridad, cuestión de Johnny la gente esta muy loca, pero miro de lejos una explanada donde las mujeres cubren su cabeza y decido solo observar.

Que se le va a hacer pienso, mientras regreso sobre mis pasos resignada a ingresar al metro, pero... ¿Y si caminamos? dice mimisma.

La ventaja de recorrer una ciudad sola es que te libras de tener que caminar al paso de otro, puedes detenerte a mirar lo que te plazca, básicamente giras a tu ritmo en todo. Lo malo es que falta esa parte de intercambio de opiniones.

Camine por toda Avenida Santa Fe hasta llegar a la calle de Parana, como a modo de GPS mi instinto me hizo dar vuelta en la calle de Paraguay, que por ser tarde de sábado ya estaba vacía, y me encontré con un acogedor restaurancito en el que decidí comer y pedir referencias.

El restaurante mas que acogedor era un compendio de frases medio de izquierda populista y colección de cachivaches clasificables en folk con intenciones de típico, pero, un sombrero de charro no entra en autóctono argentino ¿verdad?.

Con muy buenas indicaciones llegue al Teatro Calderón para ser testigo de un atraco a una pareja perpetrado por dos jóvenes, a la cuadra siguiente otro robo, este asunto de la inseguridad también se ha globalizado y viralizado.

Pasos más adelante me encuentro una gardenia en la banqueta, feliz la levanto, me llenó de su aroma, imagino su breve historia; simplona en esta ocasión, supongo se desprendió de los ramitos que más adelante vendían en el kiosko de revistas.

viernes, 3 de octubre de 2014

Metro-viandante

Por Karini Apodaca

Quede sorprendida cuando se me indico que preparara pasaporte para viajar a Roma apenas en la primera entrevista para ser contratada como comunity manager.

Mimisma me alentó llevando a mi cabeza las escenas de Orquidea Salvaje, que al ser tan inocente y tan universitaria cuando vi dicha película, siempre creí que los trabajos así eran el top, que alguien te mandara de trabajo a países lejanos, seguro era porque eras bien chingona, según yo.

Lo que nunca se vio en la peli es cuando la chamaca tuvo que comunicar a sus seres queridos tal evento y la reacción de los susodichos, tampoco se ve el santo desmadre que es viajar con restricciones de equipaje y dentro de ellas programar en la medida de lo posible la menor cantidad de prendas con la mayor cantidad de variaciones, en la peli ella luce esplendida y nunca repite un vestido o par de zapatos. Luce fresca, gloriosa y siempre congruente a la ocasión, ni un cabello despeinado por cargar una maleta que se rompió, ni los pies hinchados que no salen del o zapatos por las horas de vuelo, ni la piel deshidratada, ni nada de esas superfluas realidades que suelen pasar.

Desde entonces he gozado de la experiencia de viajar por congresos a Los Cabos, Cancún, Mérida, Brasil, Madrid, París y ahora Argentina.

Me volví una máster en que vestir para viajar y evitarte pedos en las áreas de control, que es mejor enviar por equipaje documentado y si, también, que cosas NO comprar en el duty free porque jamás cruzaran aduana y que los re-méndigos vendedores con cara de chonkifu nunca te avisan, sonrientes te engañan como chino los muy chinos.

Otro gran aprendizaje es nunca fiarse del pronostico climático, nuestra estancia en Guaruya, Brasil prometía un clima cálido, motivo por el cual todos los congresistas llegamos con la colección primavera-verano 2012... ¡Nunca pudimos usarla! Hubo ciclón con vientos estilo Mago de Oz, nadie se atrevió a cambiar el mezclilla y swetercito de viaje en todos los días. Fue como estar en una piyamada de tres días.

Desde mi primer viaje encontré un secreto placer, mi tiempo libre lo empleo para jugar a ser habitante de la ciudad anfitriona, ir a comprar refrescos, cervezas y queso al supermercado, ir al centro a comprar chucherías de un diario acontecer, y obviamante ¡Viajar en metro!. Será que soy ferviente admiradora de las historias que invariablemente se entretejen en el, creo que los apachurrones nos dan una buena batida de historias de viandantes. Así de esta forma todos terminamos siendo un producto de mixeo osmótico del transporte publico.

Alguno que otro argentino tarareara una que otra de mis canciones y experimentaran un Déjà vu cuando por casualidad miren mi silueta, sentirán que de algo me conocen, experimentaran una leve melancolía, de quien pierde algo al ver que me alejo. ¿Y como no? En mis bolsillos llevo sus micro-recuerdos.