jueves, 18 de noviembre de 2010

Decididamente feliz

POR Karini Apodaca

Fue un periodo difícil mis primeros meses en el DF; si bien fue decisión bien pensada, y emocionada con todo y tiliches me vine a vivir aquí. La misma inactividad provocada por ser nueva en todo el contexto me traía con el corazón apachurrado.

Ver pasar los días, sin hacer nada con ellos, ver cómo la luz del sol se desvanecía y mi alegría con ella, me llevó a pasar unos días de absoluta tristeza.

Hundida y chapaleando en mi depre, comencé a intentar entretenerme en algo y lo hice navegando en internet. Casi inmediatamente me encontré con el fenómeno de los blogs, aluciné emocionada, leer y leer blogs, donde además en cada uno de ellos venían las ligas a otros blogs de personas escribiendo del mismo tema; ha sido uno de mis mejores hallazgos.

Después de ser simple lectora me animé a ser bloguera. Y entonces sí, tiempo era lo que me hacía falta para aprender y leer tutoriales, consejos para diseñar y administrar mi blog, interés que después evolucionaría al estudio del diseño en web. La cereza del pastel la paladee cuando el grupo de blogueras que había seguido días atrás me empezó a comentar. Nació todo un vínculo con esas mujeres sin rostro pero con mucha esencia.

Emocionada le conté a JL sobre el hallazgo y le sugerí retomar su recién caído proyecto, el suplemento cultural: Opera Mundi. Meses después, buscando cómo incrementar lectores, me di de alta en el Facebook.

Justo ahí descubrí lo que se siente que te acaricien el ego; ver que personas con cara, rostro, emociones, pensamientos y sentimientos te marcaran un “me gusta” me hacía los días y las noches completas; poco a poco me atreví a incursionar en el contacto virtual de este universo tan nuevo para mí de las redes sociales.

Leyendo sobre consejos de cómo interactuar en las mismas y empezando a entreverar la difusión de Opera Mundi con el contacto de personas fascinantes de las cuales aún disfruto. He de reconocer que al principio pensaba que era de looser tener amigos virtuales, pero esta vida tan sabia y que siempre de un bofetón me calla la boca, me enseñó que puedes encontrar realmente amigos entrañables por medios como éste.

Mis mejores amigos actualmente los conocí por Facebook; no pasa un solo día sin que compartamos momentos de dicha, de tristeza, debatamos ideas y compartamos bromas. Sé, por diálogos con ellos, que somos bastantitos los que hemos encontrado remedio a la soledad que ésta vida rápida y voraz nos había sentenciado.

Algo que es notorio en las redes sociales es cómo los sentimientos pueden ser contagiosos; si alguien expresa su malestar, inmediatamente iremos varios de sus contactos a intentar confortarla acompañándola en su pesar y compartiendo nuestras experiencias dolorosas y, de la misma forma, mis días los he iniciado con una enorme sonrisa al leer que alguno de mis conocidos es feliz.

Tratando de devolver un poco del cariño que he sentido de mi red de amistades he decidido ser feliz como un acto de determinación. No hablo de la felicidad del idiota, no, hablo de tener la convicción y el coraje de poner buena cara a las situaciones y emociones; es más fácil ir cual veleta al viento victima de ellas a aferrarse a que nada volverá a turbarme ni a robar la sonrisa de mi rostro. Y si puedo hacer que alguien más embellezca su rostro con mis buenos deseos no lo pasaré por alto. Si podemos caer en los vicios del circulo del dolor y recrearnos en él, ahora les invito a recrearnos en la determinación de ser felices y buscar cómo mejorar nuestro entorno inmediato.

jueves, 4 de noviembre de 2010

He visto a una mujer

POR Karini Apodaca

Hoy en el vagón 070 de la Línea Verde del Metro he visto a una mujer llorando.

Sus ojos delineados con Max Factor, tono smoky, derraman un dolor mudo. En sus masculinas manos hay un papel arrugado que ella trémulamente desenrolla para suspirar y volver a anegar sus ojos. Una nota con sabor a dolor y, sin embargo, escrita con una Parker con tinta aromatizada; lo sé, porque el sutil aroma floral llega a mi nariz.

Es una mujer que porta la belleza de quien se ha dado cuenta de que la naturaleza se equivocó; férrea como amazona, enfrentó al mundo y se entregó a su ideal. Sus dedos con uñas en color fantasy pink vuelven a enrollar y a guardar, en mi caso, para siempre, la causa de tanto dolor.

Su dolor en esencia es tan femenino, llora como sólo las mujeres sabemos hacerlo cuando las ilusiones se han ido al suelo; entera, vuelve a suspirar, ha decidido levantar con el recogedor los añicos rescatables de su corazón, que en cada historia ha ido quedando más incompleto.

Coloca sus lentes para ocultar su dolor. He llegado a mi estación. El Metro sigue el camino…

Hoy he visto a una bella mujer llorando en el vagón 070 de la Línea Verde del Metro.