sábado, 21 de agosto de 2010

Es más fácil contener la corriente de un río, que a la mujer cuando se obstina

POR Karini Apodaca

Cuando una mujer se divorcia entra a una segunda adolescencia. Tenía 33 años cuando lo hice; mi hermana menor había pasado por el mismo transe unos meses antes y, dadas las circunstancias en que se dio mi separación, mi hermanita me dio asilo político por un tiempo.

Ambas sobrevivientes de un corazón roto nos curamos las heridas con largas noches de terapia de galletas Maravilla; viernes tras viernes pasábamos horas ahogando nuestras penas en sendos vasos de leche, en los que sopeábamos las galletas maravillas hasta terminar con la caja.

Una noche, Melaña se lamentaba de no haber salido a acampar con su pequeño y yo, rápida, me ofrecí a ayudarle a disfrutar tan independiente experiencia.

Ja, si yo soy Wonder Woman y Juan Camaney en una sola persona; entre mis triques contaba con una casa de campaña tipo iglú, extra fácil de armar. Así que programamos todo para ir al campo a pasar la noche con nuestros hijos.

He de confesar que mis acampadas previas eran en la playa, con hielera y botanas, y por no más de día y medio. Pero qué tanto es tantito, pensé. ¿Cuánto puede cambiar de la playa al bosque?

Pues empezamos felices la aventura, subimos casa de campaña, comestibles, niños, y al sugerir Melaña las cobijas, la bestia de mí recordó las palabras del scout que pasaba a portar el titulo de ex señor de Apodaca:  “ no se necesitan cobijas cuando acampas, el calor que generan varias personas dentro de la tienda es suficiente” Y hay va esta crédula a creer. Estoica, le indique a la Melaña que no era necesario llevarlas.

Llegamos a un lindo lugar en el Bosque de la Primavera, cerca de una riachuelo, donde poéticamente vimos a nuestros hijos chapotear y llenarse de lodo. ¡Ah, qué felices las viejas éstas recién divorciadas, riéndonos de nuestro gran logro y emancipación! “Podíamos acampar sin viejos”.

Ya puesta la casa de campaña, y después de pasar cerca de una hora auyentando unas vacas que insistían en comer en la misma zona donde habíamos instalado nuestra residencia de campo, decidimos prender la fogata. Unas latas de alcohol resolvieron el problema; yo, con cara de “tengo viejas, masco chicle turururu”, miré a Melaña exclamando: “Ves que fácil fue”. Si te digo que una no necesita viejos.

Después de que Nico se quemó un dedo con malvavisco caliente y la oscuridad total nos hizo meternos en la residencia campestre, fue ahí, justo ahí, donde comenzó el suplicio.

¡Ay mi madre! La temperatura bajó tremendamente, el calor de todos dentro no fue suficiente para estar siquiera tibio, las paredes de la carpa se llenaban de agua que el frio condensaba, así que si tocabas algo el muro sabías que aparte de frio te mojabas.

Toda la santa noche soñé que miraba mi reloj y por fin eran las seis de la mañana; despertaba y no habían pasado ni quince minutos entre sueño y sueño… Cómo me acordé de mi ex suegra y de su scout hijo.

No hay mal que dure cien años. El sol comenzóa salir y, ya muerta de frío, decidí salir a prender nuevamente las latas de alcohol y calentarme con el mínimo fuego que éstas daban.

Al poco rato salió la Melaña con cara de malos amigos; igual que yo, había pasado una noche fatal.

“Pinchi vieja, eres una mensa ¿Cómo se te ocurrió que sin cobijas podíamos pasar la noche?”

Mejor ni le aclaré de dónde venía el consejo, más mensa hubiera sido. Aguanté bara y mañana completita sin que me dirigiera la palabra.

En fin, el sol nos llenó de calor; contentas levantamos el campamento; con frío y todo habíamos sobrevivido y lo hicimos “sin vejigas para nadar”.

Ilusionadas regresamos con la frente en alto mientras cantabamos una y otra vez “I just want a feel…” Nuevamente éramos marida y mujer.

lunes, 16 de agosto de 2010

Como la pinten la brinco y al son que me toquen bailo



Darte cuenta que tu relación actual llegó al final no es cosa fácil; primero, porque tardamos bastante tiempo en aceptarlo; después... por lo mismo.

Pasamos días y noches con el sinsabor de que “las cosas ya no son como eran antes”; al principio tratamos de culpar a la media naranja en turno, reprochándole de que ya no nos trata igual. Después, muy a nuestro pesar, llegamos al punto donde nos encontramos frente al espejo y chocamos con la meritita true de que no es el otro quien hace o deja de hacer, sino que somos nosotros los que dejamos de sentirnos encantados por esa persona.

Tal vez una vez que aceptemos esto nos anclemos unos diitas más, que pueden llegar a meses, tratando de encontrar en todos los rincones de la casa dónde botamos ese gran amor que sentimos un día. Y es que no hablo de las relaciones que en un enojo terminan, porque el enojo y la víscera nos llevan a actuar sin pensar y darle en la madre al condenadote que hace unos segundos era el centro de nuestro mundo.

No, hablo del desgaste que como la humedad va acabando con el fulgor. Lo que un día era tremendamente atractivo ahora se torna X, o peor aún, no entiendes dónde tenías la cabeza para no sólo haberte enamorado sino hasta haber hecho una vida juntos.

Pero lo más más más difícil es decidirte con fecha y hora a hablar con quien fue el amor de tus amores, decirle face to face que todo terminó. A todos nos da pánico escénico hacerlo, no porque no estemos consientes de la situación, sino porque a nadie le gusta hacerla de villano. Muchos aprovechan cualquier disgusto para soltar las palabras que sentencian el final, mas no por ello el papelito del malo del cuento es menor.

Pero lo heavy comienza cuando una vez soltada la sentencia, con temblores, subidas y bajadas de rubor y demás monerías que nos acompañan, tu ex amorcito insiste en salvar las cosas. Ahora si ¡qué comience la función!; ambos serán protagonistas de las situaciones más inverosímiles. Sí, porque si muy remotamente dudabas sobre un posible futuro, el simple hecho de que tu otrora amante te busque te llevará a sacar tu vena sádica en su máxima expresión. Harás cosas que después aceptarás como patanerías de tu parte… Y lo peor: vivirás con la perplejidad de enterarte cuán ruin puedes ser.

Es difícil para ambas partes asumir el final. Por lo general uno de los dos aún ama, pero por experiencia propia, jugando en las dos canchas, siempre se agradece la sinceridad. Para quienes son los malos de la película recomiendo hablar claro sobre el final, y una vez que la vieja gorda del show cantó el final, por un tiempo no tomar llamadas para explicar mil veces por qué se terminó; entre más rápido tu ex media naranja empiece a conceptualizar su nueva forma de vida, mejor será para ella.

Para quienes somos los desafortunados en el amor es doloroso vivirlo, pero mejor que nos hablen claro a dedicar esfuerzos y emociones a alguien que ya no le emocionan. Los primeros días será una vorágine de pensamientos y recuerdos; por un tiempo haz el esfuerzo de no buscar al causante de tus desvelos y lloriqueos. Aunque no lo puedas ver en este momento, hay una vida esperando por ti. Una buena borrachera, al estilo Jalisco, donde con buenos amigos hables y llores todo lo que necesitas. Y al día siguiente… nada de andar como Juan sin penas, porque hasta tu mejor amigo terminará harto de escuchar tus mil ideas sobre por qué el susodicho se fue. Y sobre todo no alargues el sufrimiento, nada de lo que te diga te hará sentir mejor y después lamentarás tu etapa rogona. ¿Un mal consuelo? Tal vez el otro se muera de dudas de por qué no lo buscas.

Y vuelvo a lo de la experiencia personal. Una vez que terminé una relación y me lo aceptaron a la primera sin chistar y sin intentos de retorno me mataban las ansias de pensar que tal vez el otro se había desencantado antes que yo y muy gachamente me había dejado cargar con la culpa de la villana que terminaba el cuento de hadas. Y como para aprender soy rápida, la siguiente vez que a mí me terminaron, apliqué la misma… al final me buscaron, y hora sí, sin culpas fui la malota. ¡Ah, cómo me divierto cuando mimisma se pone perversa!

Bueno, regresando al discurso maduro, un buen final por doloroso que sea puede con el tiempo dar inicio a una gran amistad si existe la madurez necesaria, porque también acepto que eso de los roles a la Libertad Lamarque se nos da a todos y re bien e inclusive somos adictos a ellos.

martes, 10 de agosto de 2010

Cuento corto

POR Karini Apodaca

Mi corazón es tuyo
–Te dije, a los dos días estaba en la morgue.

viernes, 6 de agosto de 2010

Amo de lo que callas y esclavo de lo que dices

POR Karini Apodaca

Será que uno se vuelve cínico con los años; el otro día, caminando, me encontré en un puesto de películas piratas una super colección con lo mejor de las ligas mayores de asesinos seriales. Mientras leía quiénes estaban en tan importante rankeo, el dueño del puesto, tratando de convencerme en la compra, me daba una reseña de cómo le dedicó varios días seguidos viendo cada una de las historias y lo mejor, me dijo, “al final viene un test para medir el grado de posibilidades que uno tiene en convertirse en asesino serial”, y en todas las preguntas ahí la llevaba –continuó el dealer—,  sólo en una fue donde pos nomás no…  “En la pregunta de si yo me atrevería a matar a alguien a sangre fria”… esas palabras me sacaron de mi concentración en la contraportada y, asombrada, pregunté: ¿Cómo? Si, respondió él: “Yo no me atrevería a matar a nadie a sangre fria aunque me hubiera hecho algún mal”. Mi “Yo si” se quedó atorado entre los labios.

Dicen que la venganza es un plato que se sirve en frío, seguí cavilando; si a mí alguien me hiciera la vida de cuadritos, haría de mi venganza mi mejor obra. Continúe mi camino.

Muy  entrada la noche me empezó a incomodar una sensación extraña; eran palabras que trataban de entrar por la ventana; sí, sólo palabras, y cada vez con más ímpetú y contundencia trataban de entrar por una ligera ranura de la ventana; con asombro vi cómo algunas lograban colarse y poco a poco intentaban sujetarme los pies; yo trataba de gritar pidiendo ayuda, pero mi boca no emitía sonido alguno; sentía que me había algo mal, que no era nada bueno; sin embargo, no lograba despertar. Por fin un alarido en la madrugada despertó a JL, que, asumiendo que tenía una pesadilla, fue a despertarme.

Desperté empapada de sudor, con un miedo como nunca antes había sentido. Para mí, las pesadillas terminaban una vez que se despierta una, pero esta vez la sensación de peligro, de pensamientos y palabras entrelazadas en la oscuridad no se iban.

Con miedo giré mi cabeza para mirarlo, pensando en laposibilidad de que no fuera él, con pánico a que su voz sonara diferente, porque en ese momento con tanto miedo sabía que sería capaz de sonrajarle el cenicero repetidas veces si algo en su voz me indicaba que él no era él.

Pensé en mi “Yo si” y ahora sentí miedo, pero miedo de mí. ¿En cuántas ocasiones habría sucedido algo similar? Si, desde ese día nadie me quita de la cabeza que en cada uno hay muchos seres y que nunca sabes con quién vives realmente. ¿Cómo saber que alguien que vive a tu lado no terminará matandote? “Yo si” volvió a sonar en los ecos de la noche…

Me dormí pidiendo al cielo no despertar inundada en sangre y un cenicero en la mano.