viernes, 26 de marzo de 2010

Debajo del agua mansa está la peor corriente


POR Karini Apodaca

Mi Nina Quecho, nunca se casó, era la hermana menor de mi abuela y desde siempre vivió en casa de ella. Hacía unos frijoles refritos inolvidables; aún hoy, cuando nos juntamos los primos, no se nos pasa hacer comentarios sobre los riquísimos frijoles de la Nina Quecho.
La Nina Quecho no era como el resto de las personas. Cuando iba a nacer, mi bisabuelo, que era un terrateniente que acostumbraba tomarse unos changuirongos al mediodía, de regreso a su casa en los portales del pueblo, un personaje le dijo en uno de los Arcos: “-¡Ése mi Chayito!” Al siguiente arco, Chayito lo había matado por irrespetuoso.
Tal hazaña llevó a Chayito y a su familia a huir por algún tiempo. Quechito iba en el vientre de mi bisabuela. De niña me explicaron que por esa razón Quechito era diferente.
La Nina Quecho tuvo su pretendiente en su juventud, pero mi bisabuela no creyó conveniente que se casara y asumiera responsabilidades que nunca podría cubrir. Quechito era una niña todo el tiempo.
Fue chaperona de mis tías y mi madre, así que cuándo le tocó ver la película Un hombre y una mujer todo el cine escuchaba sus lamentaciones: - ¡Ay!, pero mira nada más a estos irrespetuosos; ¡ay!,  hijas, que yo esta mañana me había confesado. Pero mira nada más, ¡cómo le mete el la mano!
A mis hermanos y a mi nos tocó tenerla algún tiempo como niñera, curioso oficio para ella, porque creo que nosotros cuidábamos de ella. Una tarde completa nos la pasamos Marcos y yo divirtiéndonos asustándola por estar cavando un hoyo en el jardín con las cucharas soperas de la casa. Ella desde la puerta nos pedía que dejáramos de escarbar la tierra porque el diablo iba a salirse. Y nosotros a risa y risa le decíamos: “Mira, Quechito, ya se siente calor, seguro ya estamos llegando al infierno“.
Más grandes, mis primos y yo fuimos con mis abuelos a visitar San Gabriel, de donde era mi abuelo; en un cuarto enorme, como son los cuartos de las casas de rancho, dormíamos todas las viejas, incluida Quechito. A medianoche comienza a decirnos que ve a un charro en el cuarto. Todas nos quedamos calladas y en medio del susto contesté: “No le hagas, Quechito, ¿cómo andas invitando gente? Si apenas cabemos“.
Quechito, por muchas anécdotas, tiene un lugar muy especial para mi. Por ejemplo, tenía una colección bellísima de muñecas de porcelana, era nuestra fantasía que un día nos dejara por lo menos tocarlas.
Una tarde que Quechito estaba ya guardada en su cuarto, fuimos mis primas y yo a visitarla. Nos dejó entrar a su habitación, que siempre estaba a oscuras; fascinadas veíamos su colección de muñecas. Había una en particular que tenía, como dice la canción de Cri Cri, ojos color de mar. Le insistimos tanto que nos dejara tocarla que terminó accediendo. La bajó del lugar de honor que tenía en su juguetero y la acercó a nuestra altura. En la emoción de tocarla, no sé quién o si todas, pero la muñeca, La Tiernecita, así se llamaba, fue a dar al suelo y se hizo añicos.
Un silencio llenó la oscura habitación. ¡Perdón!, exclamamos todas al unísono. No sé si el brillo en sus ojos fue por las lagrimas contenidas o el juego de luces que se filtraba por las cortinas, pero el caso es que giró, dándonos la espalda y expreso: “¿Perdón? Con el perdón matan“. En silencio salimos de su reino, nadie tuvo tripa para comentar el incidente.
Nunca olvidé su mirada en ese momento, ni la luz, ni el sonido de la porcelana al tocar el suelo.
En estos días, cuando lo único que leo por doquier son los errores por ineptitud, ignorancia y avaricia de nuestra clase política, vuelvo a recordar el sonido de la porcelana-sueño estrellándose en el suelo, la mirada de que todo se perdió y su voz diciendo:
Estos CON EL PERDON MATAN.

sábado, 20 de marzo de 2010

De lejos se reconoce al pájaro que es canario


El otro día comentaba con Bernardo, que también es un obseso del cuidado del cuerpo como de la estimulación del intelecto, sobre mi amá y su forma de cuidarnos la autoestima.
Cuándo tenía como 10 años, era una niña algo robusta; a esa edad pregunté: ¿mamá, estoy gorda? Y ella contestó, con ojos de mama gallina enternecida: “No… estás sana”. Y mi cabeza se ocupó de otros asuntos hasta llegar a los 14 años, cuando, dicho sea de paso, ya no era medio robusta; mejor dicho, tenía el tamaño de lechoncito navideño. Volví a preguntar: ¿mamá, tú crees que estoy gorda? Mamá respondió: “No, hija, eres una persona sana”.
Esta vez no me ocupé de otras cosas; pasé una tarde completa frente al espejo, sin entender por qué ser sano tenía que ir acompañado de lonjitas, bultitos en los muslos y un pecho hinchado y robusto como el de las palomas habaneras. Cuando llegué a los anhelados 15, el valsecito quinceañero no era mi anhelo de celebración ni tampoco las parafernalias que le acompañan. Llegar a los 15 fue para mí: licencia para dieta, dieta que hasta el día de hoy me acompaña.
Fue para botarnos de risa cuando me contó Bernardo que en su momento la misma pregunta recibió la misma mentira piadosa de nuestra amá. Lo curioso de todo es que cuando Bernardo llegó a la preadolescencia ganó bastante peso. Se la pasaba horas –que al sumarse se hicieron añitos— frente al televisor con el control de alguna consola de videojuegos. Tanto que en el álbum familiar existen fotos de la sala donde lo que cambia es el modelo de los muebles y de la consola de juegos, en todas aparece mi Berna con su mejor amigo: un control.
Llegada la adolescencia, Berna creció bastantes centímetros y se volvió delgadísimo, tanto que en algún punto se volcó en los deportes para tomar volumen con masa muscular. En ese momento, de forma secreta, Bernardo entró con membrecía platinum a mi club de narcisos. Y ese lugar lo mantuvo por años. Caminatas juntos para estar en forma, además de hacer un invaluable intercambio de reflexiones y recomendaciones de música, libros y demás…
Este día también me enteré de la causa real del qué que proyectó a Bernardo al mejor lugar de mi club secreto. Jajajaja, lo pienso y me da risa. Bernardo bajó de peso en ese entonces, no por vanidad, no por quedar bien con las chicas de secundaria. Mi Berna perdió peso, porque llegó al punto máximo de su adicción por los videogames, al colmo de no parar ni para comer.
No cabe duda, los motivos del lobo siempre serán distintos en todos. Aun con esta nueva, Bernardo siempre tendrá la membrecía platinum en mi club. Es mi yo en masculino.
Ambos pensamos que la belleza no está peleada con la inteligencia, una sin la otra se vuelve simple.

martes, 9 de marzo de 2010

Más cabrona que bonita


En mi afán de difundir Opera Mundi he estado en varias redes sociales; y en tantas andanzas por esto del mundo de la web me topé con una red llamada blackplanet. Sin analizarla bien, ahí voy volando a llenar el formulario de ingreso; una vez completo comencé a subir los links de mi Opera.

Como todos saben, la charola del mail se satura con notificaciones de las redes y, la verdad, me confieso, estos mails nunca los leo, así que día con día aparecían mensajes de la red ésta. Llegó el día en que tres veces tuve que entrar a borrarlos; curiosa, pensé: tal vez el mundo se haya acabado y están tratando de avisarme, con lo distraída que soy ni cuenta me di. Así que, un día con tiempo de sobra para ver qué leían mis ojitos, que siempre andan buscando qué leer, hasta la caja del cereal, abrí uno de los mails: era una invitación a pasarme un momento agradable con personas de alto poder adquisitivo y limpias, además de mente abierta queriendo gozar un buen rato, un club selecto donde una sólo tenía que ir a aflojar el cuerpecito. Mis reflexiones sobre dicha invitación me las reservo, pero ya bajándome de la nube en la que siempre ando, caí en cuenta de que dicha red es para afroamericanos o, como dirían Les Luthiers, “para gente de color… negra”, o ya en el rebane, para personas con pieles distintas.
Lo que no termino de entender es por qué muchos recurrimos a la señalización para engrandecer una diferencia; hablo de esto, porque ha sido increíble la cantidad de post y noticias girando en torno al Día de la Mujer. Sí, creo que como mujeres tenemos mismos derechos y también mismas responsabilidades. ¿Pero en esta demarcación de género nos estamos excluyendo a nosotras mismas? Si necesitamos tener un pabellón exclusivo de artistas femeninas, ¿es porque merecemos otro tipo de tratamiento?
Creo que en cuestiones de trabajo, los hechos hablan por sí mismos, vengan de quien vengan; así como hay güevones, hay güevonas. Así como hay vividoras, hay vividores, como hay maltratadores, hay maltratadoras.
¿En qué momento y con qué absurdo argumento se creyó lograr algo con esto de género? Un día que es para recordar un hecho situado en una época y contexto nos sirve como excusa para emprender toda una guerra de sexos.
Creo en las capacidades de los individuos, tengan lo que tenga entre las piernas. Si una obra tiene calidad, poco importa si quien la escribió es hombre, mujer o sus preferencias sexuales. Hay pensantes y no pensantes.
Doña Luisa nació y creció en una familia de escasos recursos; cuando ella quería estudiar secundaria, porque deseaba ser médico, su padre decidió por ella que debía estudiar secretariado para pronto poder trabajar; pero Doña Luisa tenía ya los planes que quería para ella. Buscó una persona adulta que le ayudará a sacar sus papeles del instituto para secretarias e ingresó a la secundaria. Se enamoró, se casó. Y ya casada volvió al frente de batalla, insistió en seguir con sus estudios; su esposo amorosamente le dijo que para qué estudiaba eso, y la inscribió nuevamente en algo que no le gustaba. Ella acudía a su escuela y con sus amigas de ahí a la salida se detenían a refrescarse con unas cervezas y luego cada una seguir con su vida. El esposo perplejo le cuestionó sobre su gusto por estas tertulias, a lo que ella contestó: a mí me gusta y no estoy haciendo nada malo. Él le dijo entonces que la sacaría de la escuela, ella feliz contesto que le hacía un favor, porque no era lo que quería estudiar y que para ahorrarse tiempo la dejara seguir con su proyecto.
Al final ella estudió abogacía; le encantan los divorcios y ahora acaba de ser abuela por vez primera. Toma los casos que le convencen, apoya a las mujeres que como ella tienen carácter. La comida siempre está puesta a la hora de lunes a viernes, porque los fines de semana son para descansar de todo. No fue un discurso anual, quien le hizo tener perseverancia para lograr lo que ella decidió, es el trabajo diario y el ser leal a ella misma. Para mí ella es una mujer emancipada.
Aclaración: esta red no sólo es para estas invitaciones, así que si alguien ya había planeado un weekend inolvidable no puedo asegurarle qué tan rápido puede suceder.

miércoles, 3 de marzo de 2010

Contigo la milpa es rancho y el atole champurrado


Debo reconocer que la nueva ventana me viene bien. A las siete de la mañana empieza a colarse un sol tibio que roza mi piel y me llena de calor. Lo mío es bajar desnuda y sentarme a tomar mi café, siempre igual: dos sobres de canderel y un chorro de leche carnation. Lo bueno que a esas horas JL duerme el sueño de los justos, porque cada que me ve danzando así pone cara de susto y pregunta casi afirmando, yo diría suplicando “se te olvida que hay ventana, ¿verdad?” No se me olvida, pero la ventana da a un jardín olvidado de todos. Y reconozco que me divierte su cara de angustia. 
La taza calienta mis manos, inhalo profundamente mi cigarrillo y doy el primer sorbo al café; mientras, me dejo llevar a donde quieran llegar mis pensamientos. A veces es a la agenda, a veces a otros lugares y momentos no siempre del pasado. 
Por la tarde, si hay sol, me gusta subir a la azotea con mi cigarrillo en una mano y en la otra mi coca zero; soy fanática de fumar bebiendo algo. El cigarrillo solo no me va. Me lleno los ojos de cielo con volcan nevado a la distancia, de los sonidos de las cinco de la tarde y sigo adelante.
A veces puede ser tan fácil vivir bien y en otras uno se empeña en joderse el existir; porque si, que soy intensa, lo soy; si despierto con la vena depre, ya sé que buscaré hasta debajo de las piedras para sentirlo así. Tengo la mala manía de atascarme de mis sensaciones y emociones, pero no se me ocurre otra forma de vivir.

Hay días que soy toda una misántropa.
Si algo me gusta, lo repito y repito. He tenido frenesí por los polvorones sevillanos; era tal el gusto que recorrí todas las panaderias de Guadalajara, conocía cuál era la mejor hora para comprarlos y en dónde sabían mejor; y de pronto esa gran pasión desapareció y nunca más volví a comer uno. De los polvorones pasé a los cuernos de chocolate. Había tardes que sentía que la garganta se me cerraba por un cuerno de chocolate, una tarde que se me hizo tarde a la salida del trabajo llegué a la panaderia para comprobar que los cuernitos habían volado, desesperada le pregunté a la dependienta a que hora había vendido el último cuernito; después llegaron las hamburguesas, las mcpatatas, los helados de nutrisa, las guajolotas, y esta semana creo que ha empezado mi nuevo vicio… ay, qué horror , llevo comiendo mazapanes toda la semana.
Otra cosa que esta semana me ha quitado el sueño, es un dremel; me gustan las herramientas. Cuando se me atraviesa alguna idea me revienta tener que esperar, asi que por eso he dado con tener todo tipo de herramientas. El problema es que un dremel realmente no lo usaria a diario y JL no ve caso en comprarlo; traté de convencerlo, pero entre más me conoce, más sabe cómo zafarse de mis tácticas persuasivas. Hasta de broma le dije que me veria hermosisima con un dremel en la cabeza cual sombrero y que además podía usarlo hasta de batidora, pero no, no cayó. El domingo pasado fuimos al tianguis y me dijo: “Mira, ese puesto siempre tiene todo tipo de herramientas”. Emocionada, pregunté: “¿Si hay un dremel, lo compramos?” El sonrió y dijo No. El resto del camino me fui con mi cara de que culera es la vida. Digo, tampoco estoy pidiendo una retroescabadora. No entiendo por qué no se puede comprar un dremel, es como comprar películas: no se ven a diario, pero quieres tenerlas para cuando se te antoje.