sábado, 30 de octubre de 2010

Una ofrenda de amor

POR Karini Apodaca

Lo conocí cuando tenía 17. Iba con un grupo de amigas a comprar una paleta, que era la actividad social dominguera de las chicas que vivíamos en la colonia Independencia.

Era un chico de cabello ondulado y castaño; debajo de unas largas pestañas había unos ojos verdes y, lo que más me gustaba, era su recta y aleonada nariz. Se llamaba Quirino.

Después de presentarnos, se apuntó a acompañar al grupo de amigas a nuestra calle, y ahí, en la cochera de la chica que nos presentó, seguimos la reunión. A las 10 en punto se terminaba todo; en ese entonces en Guadalajara la hora del chequeo era de 8 a 10 de la noche en punto. Así que a esas horas veías un tremendo movimiento de bocas desplazándose a libar la miel del amor.

Y era común ver el grupo de chicas platicando al frescor de la noche y en espera del amado en turno.

Después de una semana de hacer chorcha con todo el grupo, Quirino me pidió hablar en privado; a los minutos, oficialmente éramos novios. Creo que fue una de las pocas veces en mi vida que un noviazgo inició con la consabida pregunta seguida por el Sí por respuesta.

Yo tenía el alma en vilo, era virgen en todo; cuando tomó mi mano, no terminaba de saber qué hacer con otra mano anexada a la mía. Pasé tres noches preocupada porque no sabía besar y no terminaba de saber si sentiría asco o me gustaría. La idea me obsesionó tanto que hasta perdí el apetito.

Por fin una noche, mi gallardo novio decidió poner fin al martirio, y con todo y giro estilo Humprey Bogart, me enseñó a besar. Todo fue cuestión de dar el primer beso: nos pasábamos las dos horas jugando con nuestras bocas. Quirino, mi amado caballero, era guapo y tenía una lista interesante de ex novias por toda la colonia, así que muy pronto comencé a recibir recaditos; que si andaba con otra, que si a Juana la dejó plantada, que si a Marieta la dejó por coqueta. En fin, pero a mí me bastaba con estar ese par de horas diarias ejercitando los labios.

Él era mayor que yo por dos años. A esa edad uno se toma la vida muy en serio, así que muy pronto estábamos hablando de nuestro bodorrio; que si él me llevaría a la prepa, que si juntos montaríamos un depa, el mundo era un lugar conquistable con sueños color de rosa.

Una noche me reclamó mi forma tan poco emotiva de de tratarle; y no estaba mal su reclamo, literalmente yo era un erizo y me sentía ridícula hablándole con cariñitos. Después de despedirnos me pasé la noche en vela y tomé la decisión de que ya no pondría un dique a mis emociones, las dejaría fluir; después de todo éramos el uno para el otro, después de todo hasta nuestros nombres hacían buena pareja: Quirino y Karini.

Nunca llegó el momento, Quirino fue atropellado y, después de una semana en terapia intensiva, murió.

Tal y como lo había planeado, estábamos cumpliendo un mes con todos sus amigos reunidos en torno a él, pero Quirino ya no pudo comentar qué le dijeron de nuestro aniversario, todos los que le quisimos, que fuimos muchos, estábamos con la cara hecha un llanto y sin salir aún del shock de su prematura muerte.

No acudí al sepelio, porque sentí que la vida se me había ido junto con él. En ese momento prometí que con ningún novio llegaría a cumplir el mes, sino era como él.

Lo sé, de joven se ven las cosas de forma más dramática y apasionada. Pero mi promesa fue cierta…

Hoy quise escribir y dedicarle este espacio como ofrenda.

Quirino, gracias a ti aprendí que el mejor momento para entregarse es hoy. En mi memoria aún habita tu larga cabellera, tu hermosa nariz y la canción que me obsequiaste.



sábado, 23 de octubre de 2010

Dado, regado, puesto en la puerta y arrempujado

POR Karini Apodaca

Cuando ingresé a estudiar arquitectura me tocó el turno vespertino y un grupo realmente pequeño y, dentro de él, sólo había tres mujeres: Gaby, Vero y yo.

Gaby y yo éramos unos troncos en menesteres de relaciones con el sexo opuesto, pero Vero, que estaba recién desempacada del puerto de Veracruz, hizo rápidamente amistades a diestra y siniestra. Así que poco a poco se hizo común que el grupo de Vero's friends pasará por el salón a saludarla y, de pasada, a Gaby y a mí.

Después de algún tiempo, Vero me hizo notar que uno de esos visitantes andaba tras mis huesitos y yo, emocionada, porque a los diez y ocho lo que me importaba era tener novio sin importar quién fuese; la meta era decir que tenías novio. Apenas recibí la noticia del pretendiente en cuestión decidí poner de mi parte algo para que se armara el cocido.

Con la excusa de un trabajo le solicité prestados algunos libros, que francamente no necesitaba; mi padre también es arquitecto y libros del tema sobraban en la casa, pero pensé que esa sería la mejor excusa.
El susodicho en cuestión veloz aceptó ayudarme, pero el día que había quedado en llevar los libros por no sé qué razón no pudo cumplir con su parte. ¡Qué mejor!, pensé, y le di la opción de pasar por ellos a su casa; él decidió que mejor los llevaba a mi casa, él, personalmente y en persona, así que hubo el consabido intercambio de teléfonos.

Por fin quedamos que los llevaba x día por la tarde. Ese día, emocionada cual buena señorita bien de provincia, me puse a hornear polvorones para agasajar al susodicho, a limpiar la casa como si fuera la suegra quien me visitaba, la mascarilla para el cutis fresco y elegí lo mejorcito de mi guardarropa; imaginarán a esa edad y sin novio en mi haber, la ocasión era todo un suceso.

Tocó la puerta justo a la hora acordada. Debo aclarar que en esos tiempos esto del asunto de los ligues y los novios era materia completamente desconocida para mí, y que lo más normal para la situación fue invitarle a pasar a la sala; digo, a mí eso de recibir visitas en la banqueta es como echar novio estilo chacha.
Pero creo que el susodicho malentendió mi invitación, porque una vez invitado, alguna excusa dio y no comió ni uno solo de los móndrigos polvorones que había preparado para él. Después de esa tarde cambió por completo, dejó de pasar a mi salón a visitarme y literalmente fue una odisea regresarle sus mentados libros. Nunca entendí qué le sucedió.

Ése sería el primero de muchos casos similares. Soy despistada para darme cuenta que alguien anda echándome el perro, pero una vez que me doy cuenta de las intenciones y reacciono favorablemente, ellos salen volando hasta perderse de mi horizonte.

Hace tres semanas me encontré un gatito ronco y ha sido toda una historia de rehabilitación emocional su andar por esta casa. Se la pasa maullando detrás de mí, pero, apenas lo miro, sale corriendo a esconderse, igual a los susodichos de mi vida.

Me queda claro que la situación de Fredo, mi gato, la entiendo. Fredo seguramente fue muy golpeado mientras vivió en la calle y eso le hizo temer de los humanos; en estas tres semanas hemos ido avanzando; primero comenzó a estar en el mismo espacio que yo. Sí, Fredo me gana en lo alegoncito; apenas salgo y a mi regresó sé que encontraré su reclamo por haberlo dejado solo, aunque aún no se deja acariciar fácilmente.

Apenas el miércoles, mientras yo trabajaba, se fue acercando y con maullidos y palabras se fue relajando el Fredo éste, pero apenas estiró su garra y, al tocarme, ¡zum!, volvió a salir disparado a esconderse.

Lo que aún a estas alturas de la vida sigo sin entender es por qué si un hombre empieza a acercarse, una vez que aceptas sus constantes atenciones, huyen cuáles Fredos, y aclaro que hace mucho que dejé de hornear polvorones para recibirlos en casa. ¿Qué les asusta a los hombres de las mujeres?

jueves, 14 de octubre de 2010

SIN TITULO

Por: Karini Apodaca

Últimamente me siento triste, no hay una razón de peso para estarlo y sin embargo desde que despierto la siento ahí, pisando mis talones, no me deja  ni a sol ni a sombra.

No es nuevo ha sido una compañera constante en mi vida. Sólo que en este momento la siento honda muy adentro, las cosas que generalmente disfruto me son indiferentes. El colmo ha sido tener la opción para ir a hacer alguna compra frívola y he preferido quedarme en casa que ahora es mi único universo.
Es como rumiar los días y eso no es lo mío, me gusta estar viva emocionada, tanto que el dormir algunas veces es un estorbo. Ahora solo miro ésta sombra que me sigue.

Tal vez mi constante petición de estar acompañada terminó siendo escuchada por algún ángel de la melancolía y me ha regalado esta compañera difícil para convivir.

Me niego a aceptar que mi vida gire en un entorno 100% virtual. Extraño hundir mis pies en la cálida arena o en la fría corriente de un rio, llenar mis ojos de verde, los pulmones de olor a hierba.

 La ciudad al final es una gran trampa, llena de promesas que nunca cumplirá, la inseguridad y las largas distancias vuelven difícil el poder sentirse vivo, a menos que puedas consolarte con hacer fiestas por FBK.

Hoy me siento engañada de todo lo que un día aprendí, ser mejor no te lleva a nada, es mejor ser una ignorante y vivir como vaquita rumiando tu vida. Y sí, mañana veré las cosas diferentes, pero una no tiene porque ser siempre monito cilindrero.

sábado, 2 de octubre de 2010

Cuarentona y feliz

POR Karini Apodaca


Soy bastante ideática con muchas cosas, y para esto de los cumpleaños no podría ser distinta. Tengo la obsesión de que lo que sucede en éste día marca el resto del año…

Este onomástico mío con el número 40, ha estado lleno de momentos increíbles y sorpresivos. Dos semanas antes, recibí la propuesta laboral de estar en un congreso en Roma, y un día después he podido asistir a la presentación del primer libro dónde hay un texto mío.

Para mí, han sido enormes los regalos que he recibido por volverme una orgullosa cuarentona.

A ésta edad, admito que mis intenciones y perspectivas son brutalmente diferentes a las que tuve hace 10 años. Ahora ya no me inquieta la idea rosa de una familia feliz que sale de paseo al campo en un auto último modelo con dos niños pulcrisimos y un perro con pedigree. Dejó de asustarme ser quién soy.

Aceptar que uno no puede arreglar la vida de otro y que lo mejor que puedes hacer es solo escucharle y comprenderle. Respetar que cada una de las personas que son cercanas a mi tienen derecho a ser como son y gozar de lo que las hace felices, callar mi juicio sobre si es simple o no su anhelo.

Ser consciente de que la vida se vive con compañía a veces y otras en absoluta soledad. Y que es ésta soledad la que te permite gozar de quien en ese momento sea tu vecino de camino.

Ser mujer en la dicha de entregarte totalmente al momento que vives sin esperar nada a cambio más que ese mismo instante.

Lo mejor en mi opinión fue valorar que los tragos amargos hicieron de mi una mujer amorosa y con convicciones propias, que soy capaz de reconocer que no soy tan fuerte pero soy obstinada. Que acepto ser cínica, sarcástica, distraída, narcisista, intensa, impulsiva, obsesiva, perfeccionista, perversa, sexual, analítica, arrogante, y lo mejor he dejado de flagelarme por serlo.

Hoy con tremenda sonrisa puedo decir: Si, soy así, pero tengo derecho a serlo. El miedo a ser juzgada por la mujer que soy y piensa termino. Ya no me inquietan los adjetivos que puedan usar para mi persona, acepto las observaciones constructivas y trataré de entenderlas y hacer algo al respecto.

Pero, desde hoy, no volveré a derramar una lágrima por pensar como pienso, por sentir como siento y menos por aceptar que me gusta ser observada por mi vecino cada noche mientras a medio vestir trabajo.

Desde hoy mimisma y yo solamente seremos Karini Apodaca.